Por Lorenzo Shelley

Se lo llevaron en la noche, los vecinos se asomaron discretamente, vi sus ojos entre las cortinas. Ojos de animalito asustado. No, ellos no nos iban a ayudar. No si su vida corría el menor peligro.

Ya se empiezan a asomar fingiendo preocupación y solidaridad. A decir verdad jamás pensé que necesitaría de alguien ajeno a la familia, me sentía segura en mi pequeño mundo.

Tantas veces cerré la puerta principal creyéndola un portón inamovible que cualquier señor feudal hubiera envidiado. Tantas veces vi a mi padre cargar muebles y abrir el más duro de los frascos, creyéndolo el más poderoso de los hombres. Cuando llegaron, la puerta cayó en un segundo y mi papá en menos que eso; ellos eran cinco. Todo el mundo me parece frágil ahora, si ellos quieren que se rompa, se rompe.

Yo misma me siento cobarde, quiero ir a rescatar a mi padre pero tiemblo con solo pensar en los gritos, la mesa cayendo, la sangre en el jardín. ¿Qué clase de hija no iría por su padre? En las películas las familias siempre luchan por sus seres queridos pero yo me quedé inmóvil mientras mi papá forcejeaba e intentaba liberarse de sus captores.

Abrazan a mi mamá que llora desconsolada. No saben qué decirle. Nunca lo sabrán porque cuando lo que falta es una acción, no hay palabras que puedan sustituirla. Seguro que cuando vuelvan a sus casas comentarán que mi papá se lo ganó. Al fin y al cabo él tenía un trabajo, tenía qué comer y una casa en un barrio relativamente bueno (parece que su prestigio se verá un poco mancillado ahora), no tenía razón para quejarse de la corrupción del gobierno de su estado, de la inseguridad o del narcomenudeo, sí, son cosas feas pero a él todo esto no le afectaba directamente, dirán. Un periodista sensato se hubiera dedicado a entrevistar personalidades y publicar lo que “el jefe” quería.

Antes de que lo encapucharan lo último que vio fue el rostro de su hija, impotente.

Cuando la familia venía de visita yo siempre salía a jugar fútbol con mis primos, dejando a mi primita menor, Ara, abandonada en la cocina. Mi madre me regañaba, quería que le prestara atención pero Ara sólo quería jugar a la comidita y a las muñecas y eso a mí no me gustaba. Me hubieran forzado a estar con ella si mi papá no hubiera intercedido en mi favor. Cuando entré al equipo de la escuela fue a verme a todos los partidos.

 Podría gritarle al mundo mi dolor, sería irrelevante. El vacío poco a poco fagocita cada voz que llora una injusticia mientras los demás se embarran en sus televisiones.

—Señor, súbale a la música que hay otra niña llorando sus penas aquí junto.