Por Viviana Gonzales

            —¡Casum, Casum, mira el juguete Casum! —el niño era incapaz de dejar al gato.

Casum era un pequeño gato que no conocía muy bien su calidad felina; estaba aprendiendo todo lo que tenía que hacer y también aquello que le era prohibido. ¿Qué significaba ser un gato?, ¿por qué había nacido así?, ¿qué implicaba una vida gatuna?

Al animal le gustaba estar con el niño, ronroneaba a cada caricia que éste le hacía. Se sentía cómodo. Se sentía en casa. Y al niño le gustaba estar con el animal, podía cuidarle, verle comer, oír sus ronroneos.

—Mira gato, no puedes molestar al perro, está viejo y cansado —dijo la madre del niño. Era un ser extraño, grande y feo, se la pasaba gritando todo el día. Ajena a todo, este bicho raro casi no se acercaba al perro, ni al gato,… ni al niño.

Casum realmente no sabía qué era estar viejo y menos aún lo que significaba sentirse cansado. Miraba al perro como a un ser extraño, quería estar con él, conocerlo mejor. Cada vez que se acercaba el perro hacía un sonido extraño, nada similar a los que él hacía. Casum no entendía muy bien qué pasaba con su compañero también de cuatro patas.

El trabajo del perro era avisar a la familia de cualquier amenaza: un intruso, un amigo o un vecino que incomodaba la tranquilidad del hogar. ¿Cuál era el trabajo del gato?, se preguntaba Casum. El pequeño animal quería también ahuyentar a los extraños, salir a pasear, perseguir a los pájaros y hacer los mismos sonidos que producía el perro.

—Mira Casum, tú nunca podrás ladrar —le dijo el can— tu función se limita a acompañar a los humanos, cuando a ti te apetezca, hacer de bufón del niño y luego, cuando ellos se cansen, debes buscar un lugar y quedarte ahí.

—No— dijo Casum, con una seguridad indómita.

—La vida no es como te la imaginas pequeño gato —aseveró el perro.

—Entonces, ¿cómo es?, ¿tú lo sabes?

—Sé lo suficiente. Sé que los humanos cometen errores. Que nos tienen solo para acompañar su soledad porque hagan lo que hagan siempre se sienten solos y ahí nos tienen para acompañar sus días.

            —Yo soy más que eso —aseguró el pequeño gato.

—Tú eres un animal, te guste o no esa es tu condición y no sirves para nada más —aclaró el perro, y luego, ya cansado, dejó por terminada la conversación. No tenía el tiempo ni la paciencia necesarios para hacer entrar en razón a un ser que no sabía su función. Pero el gato insistía tenía que saber más cosas, tenía que averiguar todo lo que fuera necesario para poder vivir.

—Dime, perro, ¿quién soy?

—Un animal, un ser insignificante para el mundo.

            Casum se quedó en vela toda la noche. Tenía que saber qué era, qué tenía que hacer, cuál era su función en la vida. Si no podía ser perro y ahuyentar extraños, entonces podía ser otra cosa: un niño.

A la mañana siguiente comenzó a estudiar detalladamente todos los movimientos del niño, miró su comida, sus juguetes, sus manías y todo lo que le rodeaba. Para Casum todo detalle era importante, conocer los miedos del niño, sus alegrías, su manera de ser.

—Fácil. Seré niño, el mejor que nadie vio jamás —creía que lo sabía todo, que comprendía bien a la raza humana. Pero la tarea no fue sencilla. De esta empresa renunció antes de lo que esperaba.

            Y así pasaron los años para Casum, su compañero perro ya había muerto tiempo atrás. El perro vivió sus últimos días con cataratas y una artritis espantosa.

Casum estaba en paz porque durante su vida había aprendido muchas cosas, tantas como para sobrevivir en una eterna soledad. Sabía lo que era la muerte, conocía los miedos humanos, había entendido la frustración y cada cosa que sabía llevaba el sello de un sinfín de tormentos de su infancia y juventud.

            Casum había pasado por todos los deseos pero ninguno se le hizo realidad. Jamás logró ser perro…ni niño… ni padre. Jamás conoció a un ser de su misma especie y, quizás por eso, jamás supo cómo debía actuar un verdadero gato.

Durante toda su vida fue un animal extraño, se comportaba bonachón con las visitas, una que otra vez lamía las manos de la madre-vieja porque ella, incluso con desgano, era la que le daba de comer.

—Este gato, no sabe ser gato, es medio perro, medio humano y bruto por completo para aprender las cosas que debe hacer —repetía la madre del niño cada vez que Casum hacía algo extraño.

            Casum nunca hizo cosas de gatos, jamás sintió deseos de perseguir ratones, nunca vio al perro como una amenaza de su espacio. Sabía ir detrás de la pelota, y jamás aprendió a mear en su arena.

El niño, ya no era pequeño, se había convertido en un hombre. Un ser parecido a su madre. Gritaba todo el día, dejó de lado el amor por los perros, nunca más tuvieron uno. Nunca más, ese ser que fue un mocoso chillón, dijo la palabra perro. Más allá de que ya no tengan uno en casa lo triste era que sus labios nunca más volvieron a decir: P-E-R-R-O. Qué triste que el olvido también signifique no volver a decir una palabra. El gato no entendía eso, si él pudiera hablar no pararía, diría muchas cosas, buenas y malas, elegantes y vulgares.

Casum se sentía en paz, pero siempre pensó que le faltaba algo. Que algo no había terminado por comprender, por aprender y, sobre todo, por conocer.

Ya estaba cansado. Ya estaba viejo. No tenía artritis, escuchaba muy bien, sus grandes ojos veían muy bien. No tenía dolores. Sólo estaba viejo y cansado. El tiempo, se dijo, esto es sólo cuestión del tiempo y lo entendió y aceptó como tal, sin reclamo alguno.

—Es el momento —se dijo. Bebió algo de agua, se dirigió a la puerta y en ese momento, el niño-hombre le llamó, como hacía en ocasiones para que el animal atendiera su soledad: ¡Casum, gatito bonito, ven!

            Casum se volteó para ver por última vez su hogar y se marchó por la misma puerta que cruzó una sola vez en su vida.

Dicen que el gato por fin aprendió que la función felina, desde el inicio de los tiempos, es la contemplación. Se sentó en una especie de altar, lejano del mundo, con la única compañía del silencio, y se quedó mirando a los hombres como seres inalcanzables,…imposibles.

Casum- Héctor Mateo

Casum- Héctor Mateo