Editorial

Una “dictadura” es un régimen totalitarista o autoritario en manos de un solo hombre o élite que impone, mediante las armas, su voluntad. No obstante, también es en la práctica, olvido, dolor, rabia, vejaciones; sobre todo, desde buena parte del resto de la sociedad, resistencia, coraje y una lucha por devolver a sus pueblos la dignidad arrebatada.

Han sido miles de personas las que han sufrido los estragos de las diversas dictaduras en todo el mundo y en circunstancias históricas igualmente variadas, tales como la alemana y la italiana, de corte fascista, o la cubana con Fulgencio Batista; la argentina y la chilena, de corte militar. Cabe mencionar que no han sido las únicas y, por ello se hace patente conocer sus orígenes y circunstancias, muchas veces impuestas a través de golpes de Estado.

Los golpes de Estado son una práctica política común en aquellos lugares en que el poder político —y en ocasiones el económico— escapa de las manos de las élites y amenaza con cambiar el rumbo de la sociedad. Entonces, el golpe frena dicho rumbo violentamente, ya sea por medios ilegales o institucionales. “Los golpes de Estado constituyen una opción para reforzar o sustituir a los productores del orden social.”[1] Es decir, sirven para sustituir la dirección de una sociedad por otra, y revertir así, el proceso de reformas sociales que se han emprendido. En todo momento, hay un impulso ideológico que dota de justificación a dicho golpe.

En la guerra moderna, como señala Roger Trinquier, encargado de implementar, desarrollar y teorizar métodos de tortura y prácticas de contrainsurgencia durante la Guerra de Argelia, no hay bandos militares tan definidos de un lado y otro, ejércitos fácilmente identificables, por lo menos debe de existir claridad en algo: tener una frontera ideológica definida con claridad. Sólo de esa forma se puede identificar al enemigo y combatirlo.[2]

            Por ello, todos los golpes de Estado hablan forzosamente del rescate de algo, de la tradición, de la ideología, de la patria, del país, de los valores, del Estado, o de la cultura. Así, durante el siglo XX, una constante fue el combate encarnizado y por todos los medios contra el comunismo. “Los golpes de Estado y el anticomunismo marchan juntos en la historia.”[3] Al terminar la Guerra Fría, el enemigo cambió, ahora se combate al “terrorismo internacional”.

Se pueden identificar básicamente dos tipos de golpe de Estado: el militar y el cívico-militar. En uno y otro, las fuerzas armadas juegan un papel activo. Dichos golpes son planeados en secreto, a espaldas de la mayoría de la población, representan a ciertas clases sociales propietarias, se ayudan de todos los mecanismos existentes para triunfar: intelectuales, poder legislativo y judicial, instituciones, medios masivos de comunicación, clases sociales simpatizantes con la restauración de los valores “perdidos”, y el apoyo de las potencias amigas. El golpe militar consiste en un golpe de mano, fuerte, violento, de persecución y exterminio político al enemigo, supresión de derechos civiles y humanos, y en la implantación de una dictadura dirigida por militares, como sucedió en Venezuela, Brasil, Argentina, Chile. El cívico-militar es una adaptación del anterior, pero llevado a cabo con mayor precaución y sin violencia aparente. Consisten, en general, en una destitución “legal”, un derrocamiento institucional: congresos, golpes de mercado, fuga de capitales, desaparición de suministros básicos, bloqueo de remesas. Los medios de comunicación juegan un papel fundamental. Como ha sucedido en la campaña contra Venezuela, la destitución del presidente de Honduras Manuel Zelaya en junio de 2009; la destitución del presidente paraguayo Fernando Lugo en 2012; la destitución de la presidente de Brasil Dilma Rousseff en 2016, entre otros ejemplos.[4]

En uno y otro caso, el funcionamiento tiene un mismo origen, se basan en un plan formulado de mentiras y falacias contra el enemigo que lo hacen ver como un peligro para el país. [5] En la actualidad, estos golpes de guante blanco suelen pasar desapercibidos, porque no representan la misma cantidad de violencia que los cuartelazos de la segunda mitad del siglo XX.

Es la labor de recuperación de memoria por parte de diversas organizaciones lo que ha permitido conocer a los desaparecidos, los muertos, los exiliados y demás afectados. A pesar de ello, hay mucho que no se sabe y la lucha por la verdad es una lucha por la justicia contra todos los implicados en tales crímenes. Con tal fin, Los Heraldos Negros se proponen reflexionar a través de la presente convocatoria sobre las dictaduras y los golpes de Estado.

[1] Marcos Roitman Rosenmann, Tiempos de oscuridad. Historia de los golpes de Estado en América Latina, 2ª. ed., Madrid, Akal, 2013, p. 194.

[2] Ibid, p.88.

[3] Ibid., p.15.

[4] “Así, ve la luz otro tipo de golpe de Estado, menos sangriento, pero capaz de torcer la dirección de los acontecimientos históricos y políticos, encabezado por el poder legislativos o el poder judicial. Son golpes de guante blanco.” Ibid., p.25.

[5] “En América Latino los golpes de Estado han seguido un itinerario propio bajo la estrategia de tensión. Primero la guerra psicológica, una cuidada campaña del miedo aludiendo a la amenaza comunista, luego la desestabilización política, el estrangulamiento económico generando un gran mercado negro, evadiendo capitales y, por último, sacando a las hordas fascistas a las calles para crear un estado social de ‘caos’, atacando locales de partidos obreros, sedes sindicales, saboteando puentes, líneas férreas, etcétera. Todo para culminar pidiendo a las fuerzas armadas su intervención para acabar con el desorden social y la ingobernabilidad.” Ibid., p.19