Por Maritza González Huitrón

“…No te acerques a mí, hombre que haces el mundo,

déjame, no es preciso que me mates.

Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren

de algo peor que vergüenza.

Yo muero de mirarte y no entender…”

Agonía fuera del muro, Rosario Castellanos.

Se corrió el rumor de que era un hombre peligroso, para agarrarlo tuvieron que espiarlo por algún tiempo. Yo nunca entendí, lo veía pasar todos los días frente a la casa, flaco, mal vestido, con los tenis rotos, lo había visto a veces sentado en la plaza con algún libro abierto. No parecía ser alguien de peligro.

El día que lo mataron también estaba en la plaza, frente a cuatro muchachos y dos encapuchados. Lo tenían hincado, se veía aún más niño, más pequeño, seguía sin parecer lo que decían.

Fue un muerto muy raro. A todos los que por aquí mueren los tiran allá lejos, por los caminos, o de plano van y los queman en los barrancos donde de ellos no queda sino el humo en el cielo. Pero a éste no. Uno de los encapuchados nos dijo a los fisgones que aquel hombre iba a morir por ser un traidor, porque enganchaba a los muchachos para que pelearán en su contra, contra sus padres, contra su pueblo. El encapuchado gritó mucho en contra de él, que lo oía mientras miraba el suelo de la plaza.

Sólo cuando los insultos cesaron, el hombre peligroso miró hacia arriba como buscando nubes y se enderezó para decirnos que él moría por otra causa que no era la venganza, que él moría por un futuro nuevo. Algo nos dijo en palabras que nadie recuerda porque ya pasó el tiempo y porque a la primera descarga los sonidos de su boca cayeron en la tierra, aplastados por todo su cuerpo ya silenciado.

Los fisgones regresamos a nuestras casas. Algunos se agazaparon con lo poco que había quedado del hombre peligroso. Yo sólo me llevé en la cabeza que él luchaba por un futuro nuevo.