Pablo Emilio Escobar Polania

Cuando los moradores de Órganos pudieron regresar a lo que fue su caserío, solamente encontraron escombros y unas pocas cenizas que se resistían a ser esparcidas por el viento.

De aquel pueblito coqueto y apacible, construido a lo largo de un par de calles estrechas subiendo al oriente y cortadas por una pequeña plaza empedrada, y formado por unas treinta casitas en bahareque con paredes encaladas y empinados techos en palmiche, con puertas anchas siempre abiertas que brindaban al visitante un agradable ambiente de confianza, únicamente quedó en pie la fachada de la iglesia sostenida por sus dos contrafuertes. El resto eran muros en ruinas y unas pocas láminas de zinc retorcidas y agujereadas de lo que primero fue la escuela, cuartel de policía en el último año y, finalmente, trinchera, el día del combate.

Un mes antes de la incursión guerrillera, la policía detuvo a media docena de indígenas mientras dormían en sus ranchos ubicados en el resguardo de El Palmar, bajo la acusación de ser “chusmeros”. Traídos hasta el pueblo, permanecieron amarrados dos o tres días frente al cuartel, al sol y al agua, sin permitirles recibir ningún alimento; una mañana los llevaron por la quebrada El Jagual abajo, y allí donde ésta cae al rio San Luis, formando el Charco del Remolino, se oyeron varios disparos y luego aparecieron flotando en la corriente los cuerpos inertes de cinco prisioneros, mientras que el más viejo se voló herido con la ayuda de algún paisano. La policía dijo haber llevado a los presos a que se bañaran y que se había presentado un combate cuando la chusma intentó liberarlos. Después, nadie reivindicó los muertos, nadie se quejó, mucho se rumoró en voz baja, nadie protestó. Pero todo el pueblo supo lo que había pasado.

Por eso, el día que un arriero comentó a los pobladores haber visto gente extraña, algunos armados de escopetas, apostándose en el monte a la vera del camino a San Luis y otros por la salida a El Palmar, rápidamente concluyeron que algo peligroso iba a pasar. Entonces, sigilosamente, cerraron puertas y ventanas, enjalmaron sus animales de carga y en zurrones echaron a sus niños y animales de corral; después ensillaron presurosamente sus cabalgaduras y abandonaron el pueblo con rumbo incierto y a marcha forzada.

el pueblito era una hoguera - ilustrador Héctor Mateo

Hacia las cuatro de la mañana, en una noche sin luna, las guacharacas cantaron agitadamente como suelen hacerlo cuando, molestas, protestan por la invasión de algún cazador a sus imperturbables matorrales. Los intrusos eran aproximadamente 40 guerrilleros que, saliendo de los montes, desarrollaban un operativo envolvente al caserío y, dispersos en cuatro grupos, avanzaban simultáneamente hacia él, guiados por el blanco campanario de la iglesia, identificable aún en la oscuridad. Los perros ladraron desde todos los costados del pueblo denunciando la aproximación de gente a sus calles, luego a sus casas, después pegándose a sus paredes, mientras se aproximaban más y más, por todos los flancos, al primer y principal objetivo: el cuartel de policía, ubicado en una esquina de la plaza, diagonal a la iglesia. Aprovechando el primer clarear del día e intrigados por los incesantes aullidos de los perros, los fisgones observaron por los agujeros de las cocinas los movimientos cautelosos de varios hombres con morrales de fique a las espaldas, machetes al cinto, y algunos portando escopetas de cacería u otras armas largas.

De algunas pocas hornillas encendidas, incluida la del cuartel de la policía, exhalaba  un agradable aroma a tinto endulzado con panela que, luego en la calle, se confundía con el olor a monte biche, arrastrado hasta el pueblo por las brisas frías de la madrugada. Los gallos, aún trepados en sus gallineros, anunciaron con sus cantos la llegada de un nuevo día.

Mientras tanto, sobre el derruido andén de una casa esquinera, frente al puesto de policía, en la otra esquina de la plaza, Marulanda parapetó su fusil y se tendió detrás de él apuntando al guardia que, atrincherado en su garita, ubicada un poco afuera del cuartel, cabeceaba de sueño titiritando de frio, sin que dar mayor importancia al generalizado y desacostumbrado aullar de los perros.

—Otra vez el ganado rompió la cerca y viene calle abajo—, pensó el guardia para sí mismo.

Al mismo tiempo, Charro Negro, por el otro costado del cuartel, protegido por la sombra de un roble, mantenía en la mira de su M1 al segundo centinela. Detrás de él, los “explosivistas” y los escopeteros se arrastraban de bruces sobre el pasto húmedo de la callecita; cerraban líneas de ataque los macheteros. A las cuatro y treinta de la mañana, el guerrillero que hacía las veces de enlace informó a Charro Negro que todas las posiciones previstas habían sido tomadas. El asalto estaba listo, los guerrilleros nerviosos; quince policías dormían plácidamente, dos más ranchaban; el relevante y los guardias esperaban impacientes terminar su turno para tomar tinto, fumarse un cigarrillo e irse a descansar.

Charro, agitó la mano ordenando a sus hombres avanzar y abrió fuego con ráfaga corta sobre el distraído centinela que de inmediato cayó. Despertados súbitamente por el tiroteo, los policías saltaron de la cama a sus trincheras disparando a lo que se moviera en la plaza; los pocos pobladores corrieron a mirar por las rendijas de las puertas. La madrugada se llenó de esporádicos fogonazos, en distintas direcciones, como si se tratara de una lluvia de estrellas.

Marulanda, también abrió fuego sobre su objetivo que, apenas escuchó la primera detonación, respondió tiroteando a cualquier lado. Cubierto por los disparos de Marulanda, el Cabo Martínez —a partir de ese momento Cabo Martillo— se aproximó a rastras al cuartel, y al tiempo que gritaba fuerte, con coraje, como para que todo el pueblo oyera: —Chulos “jijueputas”, ésta va por nuestros muertos—, irguió temerariamente su cuerpo y lanzó con fuerza sus bombas hechizas, haciendo que volaran por los aires las líneas de defensa enemigas. Una gran nube de polvo y tierra siguió al estrépito causado por la explosión que destruyó el techo y las paredes del cuartel, retumbando entre los farallones y los montes.

En medio de la confusión reinante, Simón Chala y Abelardo Trilleras, bajo el mando de Jaime Guaracas, atacaron alternadamente con disparos de escopeta por un tercer flanco, desorientando a los policías, algunos de ellos lesionados por las explosiones, otros heridos en el cruce de disparos y dos más aprisionados por una pared al desplomarse. Transcurrido una hora de tiroteo incesante, donde la policía desperdició alocadamente su munición, la guerrilla copó casi totalmente el cuartel y, al combate cuerpo a cuerpo, en pos de recuperar las armas enemigas, entraron los macheteros.

Hacia las seis de la mañana, sólo el Sargento y el relevante, atrincherados muy cerca uno del otro, después de las explosiones, seguían disparando inteligentemente para cubrir la fuga de sus agentes hacia el monte. A esa misma hora, con la seguridad de tener al adversario bajo control, Marulanda, al mando de los guerrilleros Lozano y Mundo Viejo, abandonó su posición y entró a la iglesia por la puerta lateral; y bajando una pesada imagen sagrada de su pedestal, sacó de su interior un fusil punto 30 y otras armas largas que, junto a una gran cantidad de munición, escondida bajo el altar, el cura Monard, días antes, había hecho llevar desde San Luis.

Sorpresivamente, los dos policías en una acción coordinada abrieron fuego cerrado y, esquivando los tiros sin dejar de disparar, de un par de brincos cruzaron la calle rumbo al monte, pasando primero por en medio de unas casas vecinas cuyos techos de palmiche comenzaron a arder. Instantáneamente, un fuerte olor a monte quemado impregnó todo el caserío, antes de oscurecerlo bajo la nube de humo. Luego, atizado por la brisa mañanera, una gran lengua de fuego se elevó al cielo abrazando con furia todo lo que iluminaba, y en menos de lo que canta un gallo, el pueblito era una sola hoguera.