Por Alejandro García Juárez

El objetivo de este ensayo es invitar a los interesados en comprender la realidad social e histórica de Latinoamérica, a reflexionar con mayor precisión sobre el tipo de regímenes que existieron durante el siglo XX en nuestra región. En ese sentido, la categoría que sugiero es la de régimen sultanista o sultanato, rescatada por el sociólogo español Juan. J Linz; aunque originalmente formulada por el sociólogo alemán Max Weber. A la distancia, las características que manifestaron los regímenes autoritarios latinoamericanos durante el siglo XX en su ascenso y caída del poder eran de tal similitud, que es posible enunciarlas a todas lisa y llanamente como dictaduras. Sin embargo, en algunos casos esta denominación no es suficiente para comprender cómo se estructuraba el poder, de qué manera se relacionaban los gobernantes (y cómo modificaron) la estructura social, y la forma de elaborar (o controlar) la política en general.

Es importante considerar las particularidades de cada uno de los países en los cuales se presentaron estos regímenes, para comprender por qué desde su gestación se diferencian unos de otros los casos nacionales.

Ahora bien, entiendo por régimen sultanista aquel que:

Se basa en el gobierno personal, pero la lealtad al que gobierna está motivada no por su encarnación o articulación de una ideología, ni por una misión personal única, ni por cualidades carismáticas, sino por una mezcla de miedo y recompensas a sus colaboradores.
El gobernante ejerce su poder sin restricciones, a su propia discreción y, sobre todo, libre de cualquier regla o de cualquier compromiso con una ideología o sistema de valores. Las normas vinculantes y las relaciones de la administración burocrática son constantemente subvertidas por decisiones personales arbitrarias del gobernante, que no se siente obligado a justificar en términos ideológicos. Como resultado, la corrupción reina en todos los niveles de la sociedad. [1]

Esta definición, permite diferenciar analíticamente los sultanatos de los autoritarismos porque en éstos el aparato estatal sufre una serie de modificaciones pero continúa existiendo con relativa independencia del régimen. Sin embargo, en los sultanatos, las fronteras se desdibujan y pueden llegar a confundirse Estado y régimen; este caso extremo ocurre cuando el gobernante (y asociados) intervienen de manera directa en la estructura de gobierno.[2]

En este enfoque analítico destaca el carácter personalista presente en dichos regímenes. Por lo que una de las tendencias que mejor manifiestan esta característica es aquella que transforma al régimen en prácticamente una dinastía que prolonga la permanencia de una familia en el poder, pues en ocasiones el poder del padre se deposita en el hijo para continuar con el régimen.

Siguiendo la propuesta de Linz, no se deben perder de vista ni las condiciones económicas, ni el entorno internacional para explicar la génesis de estos regímenes. El régimen somocista de Nicaragua ilustra con bastante precisión la descripción del sociólogo español.

Las múltiples disputas entre la clase oligárquica nicaragüense dificultaron la consolidación del Estado en aquella nación del istmo, pues su fraccionamiento (que tuvo su máxima expresión en la distinción liberal-conservador al igual que en toda América Latina) en grupos rivales que gestionaron el apoyo extranjero, facilitó la recurrente intervención de Estados Unidos, ya fuera mandando sus tropas o gestionando la política local para garantizar el dominio de las grandes compañías bananeras.

La división entre la costa del Atlántico (indígena) y el resto del país, el ascenso de una clase dominante de agroexportadores (situación prevaleciente desde el siglo XIX) que controlaba cada vez más tierras, son dos elementos clave para comprender la llegada (en la década de los 30) al poder del general Anastasio Somoza García, pues al igual que diferentes naciones del istmo centroamericano, un país con predominio agrario, población rural mayoritaria, donde el comercio exterior fungió como eje del desarrollo.

Otro elemento clave para comprender el advenimiento del régimen somocista, es el papel que desempeñó Augusto Sandino en la lucha contra la constante intervención norteamericana. Si bien, su origen se encuentra en el partido liberal, poco a poco fue diferenciándose de este sector, pues el nacionalismo de élite que promovían sólo perpetuaría la estructura política que permitió la entrada casi total de los Estados Unidos.

Resulta atinada la descripción de Fernando Mires al respecto, “creemos que es posible afirmar que fue el nacionalismo radical de Sandino lo que lo llevó a acercarse a la cuestión social y no a la inversa…la ruptura de Sandino con los sectores tradicionales lo llevaría a vincularse con sectores sociales subalternos mucho más dispuestos a llevar la lucha nacional hasta el final.”[3] La Guardia Nacional identificaría a Sandino como uno de los mayores obstáculos para seguir controlando la situación política, económica y social en Nicaragua, motivo por el cual se encargó al general Somoza García de planear y ordenar su ejecución.

Llegamos así al punto crítico, pues este entorno definiría la instauración del régimen. Fundada en 1927 y reestructurada en diversas ocasiones, la Guardia Nacional operó como aparato de poder de Estados Unidos en Nicaragua. Una de las condiciones acordadas para la retirada de tropas estadounidenses del país centroamericano, fue que la Guardia debería permanecer en actividades.[4]

Somoza y Roosevelt. Fuente: https://nicaragua30.wordpress.com

La pieza que falta en este esquema es alguien que se encargue de comandar la Guardia, mostrándose leal a Estados Unidos en todo momento. Somoza, “educado en una Business-School de Boston, Massachusetts; íntimo amigo del embajador norteamericano”[5] fue el candidato ideal para tal cometido, pero no sería hasta 1933 que se haría con el cargo de la Guardia Nacional (que después pasaría a ser prácticamente de su propiedad).

La Guardia Nacional bajo la dirección de Somoza no fue sino el núcleo del régimen[6] sultanista,[7] pues gracias a ella concentraron el apoyo estadounidense. La apuesta del primer Somoza por establecer relaciones con las familias de la oligarquía nicaragüense no fue sino una manera de ramificar el sistema que estaba implementando. Esta es una forma de concentrar el poder alrededor de sí, que además le permitió aumentar sus propiedades para fortalecerse económicamente y equipararse al resto de los propietarios de la élite.

Cabe mencionar, que sus colaboradores, amigos y familiares más cercanos eran asignados a los más altos mandos militares y administrativos en el gobierno de Nicaragua, práctica que no acabó con la muerte de Somoza García tras el atentado de 1956, pues la llegada de Anastasio Somoza Debayle prolongó esta situación hasta julio de 1979, momento de la entrada en Managua de las columnas guerrilleras del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Sólo la vía armada pudo culminar con más de 40 años de régimen somocista.

Después de este breve examen de lo acontecido en Nicaragua durante cuatro décadas y a la luz de la categoría de sultanato, la apuesta por reflexionar en retrospectiva sobre los regímenes que gobernaron distintos países a lo largo del continente americano (y no sólo en él), permitirá identificar los síntomas que tanto constriñen a las sociedades latinoamericanas, pues cabe cuestionarse si a 38 años del triunfo de la Revolución Sandinista y a 81 años del inicio del régimen de Somoza ¿ya no quedan regímenes con estas características (disfrazados de democracias) en nuestro continente? ¿Han desaparecido por completo estas formas de gobernar a nivel nacional o local? Sólo el tiempo y la constante y cuidadosa revisión de nuestro presente anclado en el pasado podrán definirlo.

[1] Citado de H. E. Chehabi y Juan J. Linz, Sultanistic regimes, The Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1998. p. 7.

[2] Chehabi, Linz, Sultanistic…, p. 10.

[3] Fernando Mires, La rebelión permanente. Las revoluciones sociales en América Latina, México, Siglo XXI editores, 1988, p. 387.

[4] Ibid.¸ p. 395.

[5] Id.

[6] Aunque Fernando Mires, por ejemplo, se refiere a éste como Estado Somocista, véase Mires, La rebelión…¸ p. 397.

[7] Que inicia oficialmente cuando Somoza toma el poder en 1936 tras un golpe de Estado.