Por Gerardo Vázquez

Era poco más de medianoche. Estábamos reunidos en el salón sentados en círculo, con las luces apagadas y hablando en susurros, porque se había decretado el toque de queda. Los militares extendían las alambradas en los cruces de las principales calles, donde se apostaban blandiendo sus ametralladoras y los potentes focos desde las tanquetas ponían al descubierto, y lo que es peor, a tiro, a cualquiera que se atreviese a salir durante las horas nocturnas. Seguíamos pensando en cuál sería nuestro siguiente movimiento cuando de repente, crujieron los goznes de la puerta y hubo muchos gritos y golpes. Nos hicieron subir a un camión, nos cubrieron la cabeza y durante un tiempo indeterminado sólo se escucharon nuestros sollozos.

Ahora contemplo mi celda, después de tantos años. ¡Qué decrépita, inofensiva y triste parece! Pero cuando aquella noche me arrojaron dentro, cerrando la puerta con tres vueltas de llave y me tuve que arrastrar a tientas hasta encontrar la cama, sentí que había caído en la fétida boca de un monstruo. Intenté recomponerme, ignorando los gritos de pánico que se filtraban a través de las paredes, cerré los ojos y traté de dormir. A las pocas horas se encendió una luz y me sacaron en volandas. En el pasillo había una larga fila de personas, la mayoría encapuchadas. Y al final, en una pequeña habitación, varios militares arremangados extraían confesiones a cuchillo.

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He accedido a visitar el centro de detención quince años después del golpe militar y explicar mi experiencia a los visitantes, una vez restaurada la democracia. Todos escuchan en silencio, palpan los desconchones, observan con pavor la pesada puerta de hierro, el cerrojo inutilizado, los restos de sangre seca (eso les parece a ellos) en el pavimento. Avanzo por los pasillos del centro de detención mientras desgrano mi historia, contemplando la misma ruinosa habitación, la misma cama desvencijada, una y otra vez. En la entrada hay una placa, con muchos nombres y apellidos. Recorro con el dedo la fría lápida de mármol y me detengo en aquellas personas familiares y me invade un terrible deseo de desaparecer a mí también. Muy pocos podemos dar testimonio hoy. Esta habitación bien podría ser cualquier otra cosa si mi recuerdo no la dotara de significado. Me pregunto por qué mi nombre no está en esa placa. ¿Qué dije o confesé, tras las descargas eléctricas, sumergido en la bañera, con la pesada bota de cuero aplastándome la cara? Siempre temo la pregunta: ¿usted cómo logró sobrevivir? Percibo las miradas cambiantes. El rayo de ironía de unas bocas que pasan del espanto y la lástima a la reprobación o suspicacia. Y lo peor es que no tengo respuesta. Simplemente, se hartaron de matar.

***

Nunca pude volver a ser el mismo. Allí me quedé, impreso en los muros de la celda, formando parte de la sombra tenebrosa que todavía proyecta la cama, en cada rincón, hecho añicos, diseminado, en cada partícula de mis compañeros consumidos en las zanjas regadas con cal.