Nidia Angélica Curiel Zárate

Aprehender la imagen de la gran Ciudad de México es tarea difícil, pero cuando se camina a diario, se le mira desde lo cercano a pie, en bicicleta o a bordo de vehículo, se puede ir juntando los bloques de su fisonomía arquitectónica, cómo ha sido su transformación a lo largo de los siglos. Eso se percibe cuando se ven los edificios de la época virreinal apretados entre los edificios del siglo xx: grandes, de cristales azulosos, algunos deteriorados y, los recientes sobre el polvo de más de cuatro siglos de piedras mudas otrora pilares de sociedades que dejaron huella.

Caminaremos un pequeño hueso del espinazo de la ciudad para sentir y compartir los cambios dramáticos que ha tenido, en un lapso perdido en los calendarios orgánicos de los citadinos y los visitantes asiduos.

Desde la escultura del Salto del Agua, con la cara de frente a la pequeña iglesia de la Inmaculada Concepción, nos asomamos al pasado y podemos dar vida a la gente que a diario ocupaba el agua: para darle de beber a las recuas, lavarse las manos, la cabeza o refrescar los pies polvosos y cansados; ahí mismo llegaban los aguadores y cargaban el líquido vital en sus chochocoles y luego la llevaban a las casas particulares para venderla. La gente se reunía en torno a la fuente y convivía en charlas amenas o agrestes, dependiendo de las circunstancias de vida.

Y caminando apenas unos pasos, tímida se asoma la capilla de la Inmaculada Concepción, su tezontle y cantera apenas reflejan que fue parte del barrio de San Juan, durante el siglo xviii dio cobijo a los pobladores que se reunían en las oraciones del alba, la fiesta de la matrona; los convites en honor a la virgen, y la inevitable convivencia departiendo con buñuelos, atole, tamales, pambazos, y bebidas para apaciguar la sed. Su portada barroca ha sido mirada desde sus cimientos, pasando por la infantería española de 1892, las manos presurosas de la gente que confeccionó las calles: de tierra, piedra y lodo a súper avenidas, y delimitó zanjas profundas para abrir las entrañas de la tierra y recibir al siglo xx donde una de las grandes novedades era subirse en el gusano naranja —el Metro— para ahorrar distancias.

A pesar de los pasos gigantes del tiempo, la casa de Los Capellanes, o Colegio de San Ignacio de Loyola, Vizcaínas, se quedó para continuar la vida de los escolares, alegrar con su majestuosa casa las fiestas de los vecinos o de quienes puedan alquilar el lugar. Entre bares, mercados de chacharitas y objetos chinos, el Colegio sigue en pie.

El de los Capellanes era vecino del colegio de San Juan de Letrán para mestizos, fundado en 1548; diversas circunstancias vivió el edificio y su gente, la afectación de la gran inundación de 1629; luego mermaron la salud con epidemias y el barrio vistió de luto por sus habitantes. En esa misma convivencia del barrio de San Juan, se saludaba con los Arcos de Belén, fiestas, lutos, gente decente y su cárcel; con el mismo encono los médicos buscaron un niño Dios perdido, y luego del encuentro, la gente le cuidó con ahínco hasta dejar plasmada su leyenda entre los vecinos.

San Juan de Letrán se convirtió en una avenida grande y verde, pero ganó el general Lázaro Cárdenas y, se llevó entre los escombros edificios y costumbres ancestrales. Las manifestaciones sociales pisaron fuerte la avenida, dejaron llantos y agonías de lustros perdidos. Del vestido largo a la minifalda, del rebozo a la estola, de la terlenka a la mezclilla; así mutó el barrio virreinal: entre sobresaltos, gritos y silencios. Llegaron las diversiones, la luz, la radio; el siglo xx revolucionario, sabrá Dios si Institucional. Aparejado a las diversiones capitalinas, por fin apareció en las hojas del almanaque el mes de junio de 1942, y con ello la cantera rosada para presentar la seducción del Cine Teresa, su Art Decó, y en la marquesina las letras: El hijo de la Furia; de la Furia al deseo pasó a su entorno erótico y luego dio cabida a la era de la telefonía y su Centro Comercial, donde cuelgan las películas piratas, tiendas de juguetes eróticos, comida china, menudencias y la indiferencia en el andar de la gente, que parece más zombi y ya no mira el entorno.

Para arañar el cielo y el estatus cosmopolita, justo donde antes posaron pies franciscanos, nació la torre más emblemática del espinazo: La Latinoamericana, se inauguró el 30 de abril de 1956, el mismo año que nació mi amigo Juanito Villela, de la misma edad del rascacielos, y él, como tantos niños, crecieron alrededor de la gente que se saludaba por San Juan de Letrán, hacían reverencia a los ancianos; a las mujeres se les trataba como damas, se quitaban el sombrero los caballeros y, de vez en cuando, guiñaban un ojo en gesto de seducción.

Pero igualmente, esos niños y niñas crecieron de arrebatos, y fueron testigos de perder casas del barrio; fueron sorprendidos del casete y tocadiscos, y de a poco perdieron espacios en sus barrios, de las charlas entre las amigas, el saludo afectuoso en las aceras; miraron cómo se fue transformando el Eje Central, entre marchas, inundaciones, terremotos, y la llegada de las plazas comerciales; los vecinos coreanos, chinos, judíos, y la fisonomía extrema de la modernidad silenció a los juanitos, a las mariquitas y a cuanta gente solía desplegarse por el espinazo para dar un paseo afable en el gran ciudad.

Actualmente quedan pocos vecinos del barrio de San Juan de Letrán, ese que en la canción decía de “siempre, de todos los días, de toda la gente”, está en la mira de ser convertido en una mega plaza donde la sensibilidad del humano es lejana, la indiferencia abigarrada, la fisonomía de los edificios virreinales y decimonónicos asumen la muerte inminente y aquellas pocas personas aferradas a vivir en sus barrios asisten a días de alboroto entre mercaderes y comerciantes, y al caer la noche, la sepulcral soledad de una ciudad hendida en su propia transformación abrupta.

San Juan de Letrán, años sesenta. Foto: Carlos Villasana. Sacado de http://fotos.eluniversal.com.mx/

San Juan de Letrán, años sesenta. Foto: Carlos Villasana. Sacado de http://fotos.eluniversal.com.mx/