Por Gerardo Rayo

Un sistema económico que tiene como fundamento la propiedad privada y la reproducción de capital no voltea a ver a la naturaleza sino cuando los problemas son impostergables y se hacen presentes con toda la violencia que pueden encarnar. De ahí que las medidas gubernamentales para solucionar ese tipo de problemas en su mayoría sean ineficaces y absurdas. Esta situación no es casual bajo el neoliberalismo, ni bajo el capitalismo, donde las clases dominantes siguen creyendo en la mentira de la mano invisible como la reguladora del mercado y, por ende, también del medioambiente y las relaciones humanas.

Pero esas ideas no pueden resolver las crisis. El capitalismo surgió con crisis y ahora mismo las tiene. Por supuesto, éstas tienen sus especificidades y características históricas, pero en ellas permea el mismo elemento: la sobreproducción de mercancías, la saturación de los mercados, la anarquía de producción. Actualmente existe un problema más, el de la ecología y el medio ambiente que, por lo menos durante el presente siglo, será crucial para la humanidad en su conjunto y estará presente en las sucesivas crisis de la misma forma que lo están la saturación de los mercados. No es casual que tantos libros, tantas conferencias y tantos protocolos hablen de cuidar al planeta. ¿Pero en verdad es posible llegar a un acuerdo por estos medios?[1]

Los representantes del capitalismo mundial se preocupan hasta el día de hoy por la situación porque se dieron cuenta que los recursos son finitos, y para todo su progreso y modernización, se requiere un planeta abundante. Si hablamos de los pueblos originarios y sus luchas por cuidar su subsistencia y su entorno, podemos comprender la siguiente frase: “No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia.”[2] Y podemos comprender que de esa vida se desprende una lógica cultural, una conciencia, una forma de interpretar el mundo y preservarlo. Para los magnates, esas ideas son obsoletas y están desprovistas de importancia. Pero para los pueblos en resistencia son fundamentales, porque del planeta depende su existencia, y de la naturaleza depende la vida misma.

Son los pueblos originarios de América Latina los que por cientos de años han defendido, hasta por medio de las armas, su entorno natural y, con ello, a sí mismos. Pueblos como los Yakis, los zapatistas, o procesos tan complejos como el caso de Bolivia, Ecuador, Colombia con la Cumbre Agraria, y muchos otros ejemplos. En el fondo encontramos coincidencias. A saber, son esfuerzos por frenar la devastación ecológica y una lógica mercantil despiadada que ve a las personas sólo como medio de producción y a la naturaleza como un complemento del ser humano.[3] En este contexto dichas movilizaciones han permitido ver, una vez más, a la sociedad como un conjunto de componentes diversos y heterogéneos que jalan y empujan, y que mediante la autonomía son capaces de desafiar al sistema político y sus medidas. La autorganización de la población y el descontento contra quien lo produce es cada vez más necesario en contextos de barbarie como nuestra oscura época actual.

Las propuestas más viables para un contexto de crisis como en el que nos encontramos no provienen de los privilegiados ni de los organismos oficiales, sino de las personas que resisten. Desde luego es difícil articular un programa político adecuado para el presente, pero aún con todas sus imperfecciones es necesario esbozarlo, sobre todo porque un programa político dota de sentido a la acción política. El capitalismo verde, el desarrollo sustentable, los empresarios verdes o los partidos ecologistas no podrán solucionar adecuadamente los problemas presentes, porque los abordan para lanzar al mercado mejores mercancías o, a lo mucho, como un problema aislado que no cuestiona la misma forma de producción.

Por eso es importante reivindicar proyectos que miren más allá de la especificidad de estos tiempos y hagan prístinas las características de un mundo por construir bajo demandas elementales:

El socialismo y la ecología comparten entonces valores sociales cualitativos, irreductibles al mercado. Comparten también una rebelión contra “la Gran transformación”, contra la autonomización reificada de la economía en relación con las sociedades y un deseo de “reubicar” a la economía en un entorno social y natural. Sin embargo, esta convergencia no es posible sino a condición de que los marxistas sometan a un análisis crítico su concepción tradicional de las “fuerzas productivas” —regresaremos a este punto— y que los ecologistas rompan con la ilusión de una “economía de mercado” limpia. Esta doble operación es la obra de una corriente, el ecosocialismo, que logró la síntesis entre las dos aproximaciones.[4]

La realidad nos ha impactado con toda su violenta soberbia, y la desilusión de derrotas pasadas acrecienta el poder de los vencedores presentes. Pero ese poder no puede ejercerse eternamente. Las poblaciones prefieren las últimas alternativas antes que el suicidio, y esa última alternativa es el socialismo. Desde luego, después de la derrota de un tipo de socialismo, pensar en cambiar el mundo para la mayoría de la población resulta imposible e impensable porque parece estar sepultado por completo. También se encuentran los peligros que ha propagado la especie humana contra ella misma. “Nos es más fácil imaginar al fin del mundo que al fin del capitalismo.”[5] Pero en el polvo, en el recuerdo, en la memoria encontramos la experiencia necesaria para abatir esa desilusión:

Por último, el ecosocialismo es una ética radical, en el sentido etimológico de la palabra: una ética que se propone ir a la raíz del mal. Las medias medidas, las semirreformas, las conferencias de Río, los mercados de derecho de contaminación son incapaces de aportar una solución. Se requiere de un cambio radical de paradigma, un nuevo modelo de civilización, una transformación revolucionaria.[6]

El ser humano no puede subsistir sin un entorno material que sustente y le permita sobrevivir, de la misma forma que no puede existir sin su pasado, y sobre el pasado fundamos el futuro, sobre el pasado erigimos la utopía y la ficción como una forma de anhelo para nosotros mismos y los demás. Una forma de revitalizar el mundo es soñarlo, martillarlo, pensar en el socialismo una vez más antes de que la especie humana desaparezca.

¡“(Es necesario que nos entendamos: los muertos cobran vida, los árboles caminan, los edificios cambian de lugar, Ursula sí pare criaturas humanas con cola de cerdo, alguien es fusilado tras un juicio popular, secuestran líderes corruptos, todo, absolutamente todo puede ser. Para que se entienda: hay que crear ficción, transformar algo que no puede ser en algo que sí puede ser, que es y que será por los siglos de los siglos, mientras haya manos sensibles que de una u otra manera dejen ese testimonio necesario para otras manos y otras pretensiones de vida, otras razones, otros motivos; nuevas formas, mejores formas y ricos contenidos supuestamente)[7]”!

[1] Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, Estocolmo (1972), Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (Cumbre para la Tierra), Río de Janeiro (1992), Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, Johannesburgo, (2002), Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible (Río +20) (2012).

[2] Carlos Marx y Federico Engels, La ideología alemana: crítica de la novísima filosofía alemana en las personas de sus representantes Feuerbach, B. Bauer y Stirner y del socialismo alemán en sus diferentes profetas, trad. Wenceslao Roces, México, Grijalbo, 1987, p 26.

[3] “En el capitalismo verde, la naturaleza es un conjunto de objetos físicos que puede ser apropiado y valorizado como cualquier insumo del proceso de producción capitalista.” Alejandro Nadal, “Qué es el capitalismo verde”, en La Jornada, 14 de mayo de 2014. En línea: http://www.jornada.unam.mx/2014/05/14/opinion/032a1eco Consultado el 15 de marzo de 2016.

[4] Michael Löwy, “Por una ética ecosocialista”, Trad. Massimo Modonesi, 2001, Fundación Andreu Nin, En: http://www.fundanin.org/lowy10.htm Consultado el 15 de marzo de 2016.

[5] Maciek Wisniewski,  “Star Wars, el capitalismo y la ideología”, en La Jornada, 15 de enero de 2015. En línea: http://www.jornada.unam.mx/2016/01/15/opinion/016a2pol  Consultado el 15 de marzo de 2016.

[6] Michael Löwy, Óp. Cit.

[7] Luis Carrión, El infierno de todos tan temido, México, Instituto Politécnico Nacional, Sociedad General de Escritores de México, Sociedad de Exalumnos de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica, 1999, p. 221 (Punto Fino).