Por Raúl Salgado

Un hombre avanza lentamente por una escalera, casi como colgándose de ella. Va muy bien vestido, traje sastre, cabello engominado y corte de la alta sociedad, un bigote que enorgullecería a más de uno; su apariencia y modales le vuelven el hombre ideal, él es un Hombre Real.

Giró la perilla dorada y la oscuridad descubrió una cómoda oficina, que recibía su apartamento en el fondo del cuarto piso de un edificio viejo, de estilo clásico. Sobre su escritorio había una pila de correspondencia basura de los programas sociales y servicios privados a los que estaba afiliado. En la cima de la torre, reinando entre los sobres, había uno que de inmediato llamó su atención: era de un rojo brillante con bordes que centelleaban en dorado, parecía de juguete, pero sin duda, era mucho más que eso y la idea le espantaba.

Se quitó el abrigo y olvidó colgar el sombrero pero lo dejó sobre la mesa para sentarse y abrir el sobre; de su cajón sacó su abrecartas de baquelita y acero, pinchó el papel por una orilla, y emocionado, inquieto y temeroso, sacó el contenido del sobre, y comenzó a leer:

Sr. Gu

Ha sido usted hasta ahora un excelente modelo del proyecto de producción del “Hombre Perfecto”, sin embargo, lamentamos comunicarle que tendrá que ser dado de baja del programa, para ser asignado a otro proyecto. Es menester mencionarle que no recordará nada de su vida actual. En este momento, la frustración, el miedo, o cualquier emoción indescriptible que esté experimentando está siendo registrada para entender más la mente humana que tanto nos interesa.

GU

Ilustración: José Manue Ruiz

                                                                                  Hasta pronto.

Frunció el ceño, una gota de sudor le cubrió la vena que le recorre la sien derecha y terminó por caer en el papel; chirriaron sus dientes y destrozó con toda su fuerza la hoja entre sus dedos, se lastimó uno o dos de ellos.

¿Qué diablos había leído? ¿Qué estúpida broma era esa? ¿Qué mierda era esa de Sr. Gu? Él no se llamaba Gu. ¡Excelente presentación para una broma! ¡Vaya que se la querían jugar! Mira que gastar tanto tiempo en amargarle el día era una labor de reconocerse. Nunca nadie antes se había burlado de él, no sabía qué decir, sentía más miedo que coraje, nadie, nadie se había atrevido. Tardó un largo rato en levantarse del escritorio. ¿Cómo habrán conseguido la dirección? Trató de recordar algún motivo para esa broma, buscó hasta en los recuerdos que estaba a punto de olvidar. Sin éxito, terminó por levantarse para ir a la cama, estaba fulminado. Cayó desplomado sobre su colchón y reanudó su búsqueda. Nada. No podía recordar haberle hecho daño a nadie, en ninguna forma. Su comportamiento era el ideal, nunca puso un apodo, siempre defendió a los débiles, tuvo buenas notas, pero nunca nadie le envidió, hasta los tipos duros le apreciaban, ¡él sí que era un caso excepcional!

Después de un rato se tranquilizó pensando en que algún idiota haciéndose el listillo, lanzó una carta aleatoria y la matemática hizo lo suyo.

Se levantó con el último esfuerzo para ponerse el pijama, acomodó uno de los muchos diplomas que cuelgan de los muros del apartamento, apagó las luces y se dispuso a dormir. Los ojos le pesaban, parpadeaba cada vez más lento, pensamientos vagos se apoderaban de su mente. Abruptamente una alteración le reveló un temor escalofriante: ¿y si soy un títere? —Pensaba— ¿Qué es esto que siento, qué es todo lo que he vivido? ¿Un código binario? ¿Un engrane? ¿Alguien apretando un tornillo?

                                                           ¿Mi sonrisa es eléctrica?

El cuerpo se le heló por completo cuando trató de recordar a su madre y a su padre, eran entes sin rostro, poco a poco, iban perdiendo un rasgo y otro, y otro, hasta dejarle unas siluetas antropomórficas, quería soltarse a llorar pero ya no sabía cómo, lo único que recodaba era cuán exitoso era, cuanta alegría le daba ver esos diplomas en su hogar, la bonanza en persona era él.

            Con el ánimo de los últimos recuerdos corrió al cesto de basura y recogió lo que pudo hallar de la carta, buscaba una señal, trataba de encontrar alguna pista sobre la procedencia del documento, el último fragmento de la carta quedó casi completo, ahí fue donde terminó todo.

            Mientras restauraba la hoja, comenzaron a aparecer nuevas letras en el papel:

…Sr. Gu…. Le… hemos dicho… que no lo recordaría. Usted… lo ha logrado… es el….

Hombre Real… su misión ha terminado.

El señor Gu se levanta del piso, inexpresivo, camina hacia la puerta, gira una perilla dorada y comienza a escalar la pared de una alta y fría bóveda gris. Cuerpos humanos flotan en las paredes, en un sueño inconsciente, esperando lograr la perfección, buscando la realidad, amparándose para ser despertados; mujeres, hombres, niñas, niños, adultos, ancianos, todos suspendidos por igual en una hipnosis carcelaria, correteando la vida sonámbulos, ciegos, ingenuos, y sólo una cosa une los cuerpos; en la nuca, sobre la piel que cubre el axis, los poros se sumergen poco a poco dibujando algo.

                                                           Gu.

Sr. GU

“Se. Gu” Ilustración: Héctor Mateo García