Por Luisa Vázquez Lachira

(Ciudad de México, México)

A Gardel

 

Fue una coincidencia haberlo conocido. Entre la multitud, él contemplaba el otro lado del mismo caleidoscopio por el que miraba mi figura fragmentada. Su mirada fija, el color oscuro de su cabello y su altura sigilosa provocó en mí una sonrisa tímida. Hubiera pensado que era un hombre reservado, de corazón nublado y manos frías, pero todo eso se desvaneció al escuchar su voz preguntando mi nombre.

Un nombre, ¿cuál era mi nombre? ¿en dónde había dejado mi nombre? ¿qué nombre me quedaba en ese momento? ¿cuál de todos mis nombres resucitaría? ¿para qué quería saber él mi nombre?

 

-Ana

Corto, fonético, común, grave. Ese nombre. Ese nombre que había matado cuando murió mi abuela. Ese nombre de mujer común y alegre. Ese nombre sin contribución a mi ego.

Inmediatamente, al recuperar mi mirada, le pregunté intuitivamente:

– ¿Y su nombre?

Con voz estresa, apenada, evasiva, distante, como advirtiendo algún peligro inminente, respondió:

-Arelio

Sin advertirlo, se me vinieron a la cabeza mil mariposas amarillas. Un punto perdido en alguna selva colombiana. Un hombre escribiendo párrafos con un cigarrillo entre los labios.

Sin otra palabra que alterara la realidad que ahora nos había unido, nos separamos. Yo seguí caminando por Avenida Corrientes rumbo al sur. Él continuó con su paso firme al norte.

Meses más tarde, antes del solsticio de verano y después del regreso de mi viaje, la misma silueta, la misma mirada, la misma voz me saludó en uno los pasillos de la Universidad.

-Hola, buen día, Ana.

Atónita entre los rayos pardos del verano, sintiendo el sudor entre mis manos, el cansancio de mis piernas y los piquetes de mis rodillas, distinguí el nombre de las mil mariposas amarillas.

Podría explicarte por largo rato la conversación familiar que sostuvimos aquel día, pero todo eso es tan íntimo, tan secreto como el juguete que viene dentro de algún caramelo.

Sin otra pretensión, prefiero divagar sobre su nombre: Arelio. Espero no molestarte con mis explicaciones equívocas sobre fonética, los detalles y las similitudes de su nombre, el recorrido lengual que se ejerce al pronunciar cada letra, la exhalación que se pierde con aquella palabra frente a un ventilador viejo de algún salón de danza.

Parece que el tiempo no hubiera transcurrido entre mi nombre y su nombre. Esa tarde su torso contra mi torso no se abrazó, mi cabeza no tocó su hombro, su mano no acarició mi mano, ni siquiera escuchamos el sonido del carrito de los helados. Pero descubrí que su nombre otras veces por la ciudad me había seguido: en el pasillo de algún museo, en la sala de algún cine, en la calle de algún teatro.

Su nombre había invadido mi voz.

Su nombre era una espesa nube de mariposas amarillas que olía a selva húmeda.

A veces me pierdo entre los detalles de las palabras, ya me conoces. Para mí las palabras son enigmas, pero especialmente los nombres me generan sensaciones, aromas… Pero su nombre… su nombre… su nombre me asfixió en la clase de ballet, ató mi cuello y mi espina dorsal. Consternada detuve mi ejecución. Sobre una telita de un pedazo de venda vieja que ataba mi rodilla, dibujé:

Quise escribirte un poema,

Arelio.

Un poema digno de tu nombre.

 

Pero los versos se atascaron

entre un paso de ballet y un beso advertido.

Caí.

C. Lapolla “Pies desnudos de bailarina”. Fuente: http://balletpics.net