Amalia Rodríguez Isais

Maquilas necias que explotáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de tanto parque industrial.

Arminé Arjona, “Juana de Asbaje, a la mujer que trabaje.”

¿Qué significa andar por Ciudad Juárez? ¿Cómo se ve y se vive la ciudad? ¿Qué depara el paisaje a la vuelta de la esquina? Responder estas preguntas conlleva una comprensión del escenario urbano y la  dinámica que contiene nuestro día a día, lo que a su vez implica establecer un acercamiento a las raíces y desarrollo de su actual configuración. El espacio citadino cambia constantemente; la construcción simbólica y apropiación que se haga de él “se da desde lógicas de interacción, representación, narrativas y prácticas de los individuos”.[1]  Así como la literatura forma parte de las estrategias que la sociedad utiliza para encarnar y reconquistar su pasado,[2]  además de potenciar la identidad ―a través de la cimentación de una historia y una memoria― de determinada región. Las siguientes líneas tienen, entonces, el propósito de mostrar la construcción narrativa que se ha realizado sobre el tema, en específico de la disposición urbana a partir de la llegada de la maquila, es decir, ¿cómo se ha representado en la literatura el surgimiento y desarrollo de la industrialización en Juárez? El estudio se centrará en los cambios que sufrió la estructura urbana a partir de la década de los sesentas y la principal consecuencia que éstos conllevaron: una marcada distinción entre el poniente y oriente de la ciudad.

La relación entre el contexto histórico de la industrialización y la representación de éste en la literatura permite conocer y recuperar nuestra memoria e historia citadina desde dos perspectivas de estudio distintas. Recurriré a tres obras escritas y publicadas en periodos diferentes para mostrar las fases por las que atravesó el proceso de establecimiento de la maquiladora en Juárez, las cuales ya han sido claramente expuestas por varios investigadores como Consuelo Pequeño Rodríguez, Douglas Taylor Hansen y Alfredo Limas Hernández. Los textos literario que utilizaré son Mujer alabastrina (1998) de Víctor Bartoli, el capítulo “Malintzin de las maquilas” de La frontera de cristal (1995), escrita por Carlos Fuentes y el cuentario Ellos saben si soy o no soy (2014) de Elpidia García Delgado.

La elección anterior se debe principalmente a que dichas narraciones abarcan distintos momentos desde la llegada de la primera maquila hasta la actualidad y en ellas se refleja la segregación urbana ―además de otras cuestiones características de la vida en ese entorno― que permanecen como una constante. Por otro lado, me parece importante señalar que a pesar de que desde hace varias décadas Juárez se erige como una ciudad industrial por excelencia, el auge de la representación de esta realidad en la literatura local es bastante reciente. A excepción de Mujer alabastrina, escrita en 1985, los textos concernientes a este asunto comenzaron a surgir durante la primera década del presente siglo y la mayoría de ellos se reunieron en Manufractura de sueños (2012). Los cuentos de Elpidia García pertenecen a esa época, sin embargo, la narradora juarense se configura como una de las autoras más productivas –en cuanto a la temática– dentro de todos aquellos que se reunieron a escribir bajo el dolor de “percibir cómo un ser humano, posiblemente una raza, se pierde para siempre entre filamentos brillantes y luces de neón”.[3] Respecto a la “Malintzin” de Fuentes me interesa, sobre todo,  la imagen de la ciudad percibida por alguien que solo la visitó un par de días, y no por ello se aleja de lo que aquí expondré.

Para llegar al tema de la segregación urbana dentro de las obras literarias, primero resumiré brevemente el contexto del surgimiento de la industria fronteriza y la restructuración urbana en que devino, ya que hasta principios de los sesentas Ciudad Juárez se articulaba de forma monocéntrica, es decir, todo giraba en torno al centro de la ciudad. En 1933, con la implementación de zonas de libre comercio en la frontera mexicana, inició una serie de programas e iniciativas federales cuyo objetivo era fomentar el desarrollo económico de la región.[4] El Programa Nacional Fronterizo (PRONAF) se puso en marcha en enero de 1961, encabezado por Antonio J. Bermúdez, como un proyecto federal destinado a promover el desarrollo financiero y social de las ciudades fronterizas a través del estímulo de las corrientes turísticas del exterior hacia la localidad y el embellecimiento urbano en un área específica; de esta manera surgió el primer subcentro comercial en la ciudad. A pesar de su fracaso –en cuanto a mejora económica– fue la base para el Programa de Industrialización Fronteriza (PIF), lanzado cuatro años después como respuesta del gobierno mexicano por la cancelación del Programa Bracero en Estados Unidos. Con esto comenzó el intenso proceso de industrialización que hasta el día de hoy define gran parte de las dinámicas de la urbe. En 1966 se instaló la primera maquila: A.C Nielsen, ubicada en la Avenida Lerdo y calle Abraham González.[5] Sin embargo, el giro más importante en cuanto a la reconfiguración del espacio citadino se dio con la llegada, entre 1967 y 1969, del primer y más importante parque industrial, el Antonio J. Bermúdez, establecido en las inmediaciones del Valle de Juárez. La creación de éste, y en particular su ubicación física, fue elemental en la conformación de una nueva fisonomía de la localidad, es decir, de monocéntica pasó a ser policéntrica.[6]

Limas Hernández califica a las maquilas como “un dispositivo de segregación y exclusión para cientos de miles de habitantes, que residen en regiones específicas de la mancha urbana.”[7] Desde su instalación, Juárez se vio obligado a reestructurarse; una consecuente inequidad social dentro de este proceso no se hizo esperar. La configuración del espacio público y la gestión del desarrollo fueron incapaces de garantizar el goce de bienes de desarrollo y derechos sociales para la mayoría de la población. A partir de entonces existe una gran diferencia, afirma Limas, entre el oriente –industrializado– y el poniente de la ciudad; configuración aún más agresiva para ciertas “categorías culturales”, como la mujer. Bartoli señala bien esta situación desde el inicio de su novela: “Pa’ ellas ya nada era igual: Ciudad Juárez devino en una jungla donde a causa de su sexo, y el placer que éste le da al hombre, fueron condenadas como su presa perenne”.[8]

Las fuentes de empleo se concentraron en el este de la mancha urbana y la inversión de todos los niveles se localizó solo hacia ese sector. En cambio, la región occidental fue una zona segregada de la inversión pública en calles pavimentadas, iluminación, vigilancia policíaca, centros comerciales y de salud, etcétera.[9] Incluso se le llegó a denominar “El dormitorio”, ya que sus habitantes se iban todo el día a trabajar al área industrial y sólo regresaban a sus hogares para dormir. Coexistieron dos velocidades de urbanización y así como dos perspectivas distintas de la ciudad. La protagonista de “Malintzin de las maquilas” nos muestra ambas en su recorrido: “Alcanzó el primer camión por la calle Cadmio y como todas las mañanas trató de mirar más allá del barrio de terrones y de esas casuchas que parecían salidas de la tierra”.[10] Después de tomar tres camiones, “Marina dijo que ya habían llegado a la parte bonita y las tres miraron los cipreses alineados a ambos lados de la carretera sin hablarse más; esperando nomás la aparición bellísima que no dejaba de asombrarlas todos los días a pesar de la costumbre”.[11] La imagen citadina que se percibe en Mujer alabastrina es en su mayoría negativa, ya que se concentra precisamente en una de las colonias del poniente, la Bellavista:

No cabe duda que en Ciudad Juárez, la gente rica prefiere irse a vivir a El Paso, porque allá todo está más limpio… Aquí, ni el alcalde se preocupa por mandar barrer estas calles… Nada tan perjudicial para las personas que los malos olores… Se pierde el amor propio, nomás por vivir entre tanta basura. (…)

Industrialización urbana Maquila y literatura - Ilustrador Héctor Mateo

Industrialización urbana Maquila y literatura – Ilustrador Héctor Mateo

Las protagonistas de Bartoli comienzan trabajando en la fábrica Acapulco Fashion, una de las primeras maquilas instaladas en 1968 pero que aún no formaba parte de los conglomerados industriales y por lo tanto les quedaba bastante cerca. La odisea del recorrido se da cuando entran a trabajar a Allen Bradley, ubicada en el Parque Bermúdez: “Es una chinga tener que levantarse todos los días a las cinco de la mañana; pelearse por alcanzar un lugarcito en la rutera pa’ poder llegar a tiempo”.[12]

La génesis de una estructuración sumamente asimétrica tiene que ver, según Limas Hernández, con el tiempo acelerado con que llegó la industrialización a la ciudad. Juárez se configuró como un lugar central para el asiento de maquilas del capital trasnacional sin estar preparado para ello en sus políticas de desarrollo, en sus esquemas de gobernación y administración pública.[13] De ello  los intereses privados pronto se aprovecharon, tal como lo muestra el dueño mexicano de la empresa en que trabaja Marina:

El verdadero negocio no son las maquilas. Es la especulación urbana. El sitio de las fábricas. Los fraccionamientos. Los parques industriales. ¿Viste mi casa en Campazas? Se ríen de ella. La llaman Disneylandia. El que se ríe soy yo. Esos terrenos los compré a cinco centavos metro cuadrado. Ahora valen mil dólares metro cuadrado.[14]

Lamentablemente, el costo de todo lo anterior ha sido bastante: inseguridad, pérdida de vidas humanas, victimización de la mujer, deterioro del ámbito familiar. Trabajar en la maquila había obligado a muchas mujeres a abandonar prácticamente todo el día a sus hijos. Dinohra, personaje de la novela de Fuentes, por ejemplo, “tenía que dejar solo a un niñito, amarrado como un animal a la pata de una mesa, el inocente, cómo no se iba a perjudicar, cómo no;[15] el desenlace fue encontrarlo ahorcado después de una noche de fiesta. Además, al no contar con la infraestructura necesaria, ciertas colonias se encuentran vulnerables a la delincuencia, escenario que se subraya por el hecho de que la mayoría de los trabajadores de maquila –quienes tienen que salir de sus hogares aún sin la luz del día– son mujeres jóvenes:

Para su desgracia personal, cada una debía despertarse día tras día a las cuatro de la mañana en su respectiva casa, levantarse de la cama y arrojarse agua fría a la cara para intentar volver en sí, beber una taza de café negro para calentar las tripas y, aun cuando afuera en la calle todo estaba oscuro, salir… torear el canijo miedo […] “Dios guarde a La Meche”, decía La Chuya, al recordar a su amiga asesinada. “¿Quién iba a pensar que la iban a hallar tirada en el desierto…?”[16]

La consecuencia última y más evidente de esta inseguridad se cristaliza en la serie de feminicidios que por muchos años ha asolado a la ciudad.

Ahora bien, los cuentos de Elpidia García se centran en los estragos –muchas veces fatídicos– que ocasiona la industria maquiladora en el cuerpo, mente y economía de los trabajadores. Las referencias a la segregación urbana y sus consecuencias están presentes aunque de forma menos evidente. Por ejemplo, en “Danaide”, se indica que el personaje sale de su casa en la madrugada, “La parada estaba a varias calles. Imaginó a sus hermanas, vecinas del mismo barrio, que tampoco tenían hombre, preparándose aprisa para alcanzar el autobús de las cinco de la mañana”.[17] En otro cuento, el recorrido que realiza el “Avispón mortal” para llegar a su casa, también en la Bellavista, continua siendo bastante largo: “Cuéntame cómo es allá. Tenemos tiempo. Quedan como cuarenta minutos para llegar al centro. ¿Vas al centro, no?”.[18]

La estructura espacial de Juárez se modificó de manera significativa con la llegada de la maquiladora. Las dinámicas sociales que esto conllevó, perjudiciales para muchos, aún están presentes, sin embargo, al formar parte de la realidad, del día a día de los habitantes, ya no se perciben ni señalan de manera tan evidente. Ahora es normal que la mayoría de los obreros inviertan más de una hora en los malogrados transportes de personal o camiones públicos para llegar de su casa al trabajo; que mujeres tengan que salir en la oscuridad y cruzar toda la ciudad para laborar más de ocho horas diarias. Por ello los cuentos de García, escritos ya entrado el presente siglo, muestran la segregación y exclusión que viven cientos de personas como lo que es, el telón de fondo de la realidad de nuestra urbe fronteriza: “Esta ciudad es el desmadre montado sobre el caos”.[19]

[1] Salvador Salazar Gutiérrez, “Del centro a la centralidad. Representaciones territoriales.” Relatos de la memoria. La erosión  del centro histórico en la ciudad fronteriza, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 2010, pp. 62-73

[2] Joël Candau, Antropología de la memoria, trad. Paula Mahles, Buenos Aires, Nueva Visión, 2006, 1996, pp.118-119.

[3] Élmer Mendoza, “Mc Hiladora”, en Manufractura de sueños, Ciudad de México, Rocinante Editores, 2012, pp.13-16.

[4] Lawrence Taylor Hansen, “Los orígenes de la industria maquiladora en México” en  Comercio exterior, núm. 53, (2003), p. 1046.

[5] Consuelo Pequeño Rodríguez, “Ciudad maquiladora por excelencia”, en Ciudad Juárez. La nombradía varía. Desde sus orígenes hasta la actualidad, Tomo II., Ciudad de México, Grupo Editorial Milenio, 2012, pp. 120-125.

[6] Luis Enrique Gutiérrez Casas, “Ciudad Juárez en los sesenta: la estructura urbana en transición”, Noésis, (2009), p. 150.

[7] Alfredo Limas Hernández, “Ciudad Juárez, la urbe maquiladora: tecnología de segregación urbana, exclusión cultural y fragmentación social” en Entre las duras aristas de las armas: violencia y victimización en Ciudad Juárez, Ciudad de México, CIESAS, 2006, p.58.

[8] Víctor Bartoli, Mujer alabastrina, Ciudad de México, ICHICULT, 1998, p.10.

[9] Limas Hernández, Op. cit., p.60.

[10] Carlos Fuentes, “Malintzin de las maquilas” en La frontera de cristal, Ciudad de México, Punto de Lectura, 2010, p. 122.

[11] Ibid., p.126.

[12] Víctor Bartoli, Op. cit., p. 101.

[13] Limas Hernández, Op. cit., pp. 58-59.

[14] Carlos Fuentes, Op. cit., p. 135.

[15] Ibid., p. 146.

[16] Bartoli., Op. cit., p.10.

[17] Elpidia García Delgado, Ellos saben si soy o no soy, Ciudad de México, Ficticia, 2014,

p.50

[18] Ibid., p.89

[19] Fuentes, Op. cit., p. 150.