Camilo Sánchez

Se levantó más tarde de lo normal ese día, otra vez el despertador se había desprogramado, pudo ser por la noche cuando se fue la luz, siempre pasaba lo mismo en el edificio. Tomó un baño rápido, para variar tampoco había agua caliente y la que salía estaba tan fría que dolía al contacto con la piel, se puso su traje café y tuvo que irse sin desayunar, no es que no tuviera dos minutos para un pan y un vaso de jugo, pero es que ni eso tenía en el refrigerador. Salió a toda prisa hacia la empresa, sabía que ese día el líder sindical daría su gran discurso, era la tercera semana que estaban de huelga y por fin parecía que los dueños iban a ceder en sus exigencias gracias a la grandes pérdidas. La calle estaba congestionada y llena de humo gris, a esta hora de la mañana la entrada al trabajo siempre era igual, tomó a toda prisa el autobús que iba lleno a reventar, tuvo que abrirse a codazos entre la gente que iba de pie en el pasillo para poder llegar al fondo, que en donde le gustaba viajar. Junto a él iba un anciano encorvado con ropa de obrero y del otro lado una mujer en tacones que parecía la recepcionista de cualquiera de las cientos de oficinas de la ciudad. Si hubiera podido ver la escena desde una vista superior hubiera podido ver que los personajes citados se repetían al infinito, obreros y oficinistas, y más obreros y más oficinistas en todos los autobuses idénticos que circulaban sin fin por la desorganizada, caótica e inmensa ciudad. Todos tenían la misma cara de resignación, como animales yendo al matadero.

Él por instinto y sin nada mejor que hacer volvió a ver su rostro reflejado en la ventana del autobús. Pero él no tenía cara de resignación, aunque tampoco de orgullo o triunfo por la huelga ganada en la empresa de focos, su empresa. Su expresión, más bien, era de sueño. Pero por qué tenía esa cara, se preguntó. Según recordó, había podido dormir lo mismo que casi cada noche. Después de cenar su ración individual de cereal, se lavó los dientes y se acostó en su catre, esperando a que el vecino del departamento del lado izquierdo terminara de ver el noticiero a todo volumen y el de la derecha terminara de moler a palos a su esposa y a sus hijos, después cerró los ojos y se durmió. Aun así tenía esa cara de sueño, a lo mejor si se sentaba en el fondo del lugar podría dormitar un poco, pensó en aquel momento. Una sacudida lo despertó con brusquedad de sus meditaciones, había llegado a su destino.

La empresa de focos La Esmeralda, una empresa de focos que existía desde que los focos eran focos y la relación jefe-obrero era esclavitud moderna. El dueño, el señor Augusto de la Borja Smith, un tirano que reinó a lo largo de 40 años con mano de hierro, quien al llegar el momento pasó el control absoluto a su hijo y estea su hijo y así por tantas generaciones. Ahora, los retratos del jefe en turno, ya ocupan dos paredes completas de la oficina principal, sin mencionar la escultura a tamaño natural del dueño original de la empresa que está en la entrada, reposando sobre un gran bloque de granito, o los bustos tallados en mármol de la sala de ejecutivos. Pero eso se terminaría pronto, la injusticia llegaría a su fin, porque hoy era diferente, hoy la empresa que de lejos parecía una gran fortaleza y sus muros de ladrillo rojo una barrera impenetrable, estaba tapizada de arriba a abajo de lonas y mantas y hasta cartulinas de colores llamativos con toda clase de frases en apoyo a los obreros de la empresa, a los oficinistas, al personal de seguridad,al de limpieza y a todos los demás que trabajaban ahí. Lo que pedían es lo que se suele exigir siempre en estos casos: un salario justo, menos horas de trabajo, más seguridad en el área de manufactura, seguro para los trabajadores y sus familias, vacaciones pagadas, apoyo a las madres solteras, jubilaciones justas, trasporte para el personal, capacitación pagada, bonos de productividad, contratos justos, plan dental, un comedor con capacidad para todos los empleados, áreas verdes y de recreación, uniformes de calidad, descuentos en establecimientos específicos, cupones para alimentos, cupones para medicina, créditos para la compra de casas, créditos para la adquisición de línea blanca, bonos de fin de año, pagos triples en días feriados oficiales y estacionamiento para lo que poseían automóvil.

Cuando llegó a la entrada ya estaban casi todos los compañeros, como ellos mismos se hacían llamar. Unos venían con pancartas y otros con playeras que ellos habían diseñado con las mismas peticiones de las lonas y las cartulinas llamativas. Los más organizados ya estaba haciendo hileras con las sillas que habían rentado al cuñado de uno de los almacenistas, y unos cuantos estaban terminando los preparativos en el estrado: habían colocado sillas para los jefes del movimiento y en el centro el atril que también habían rentado, con su micrófono y unas bocinas como las que se usan en las ferias de colonia periférica. Todo era para el discurso que se llevaría a cabo en menos de una hora. Del jefe, la mesa directiva, los inversionistas, los ejecutivos y las altas esferas de la empresa nada se sabía hasta el momento, pero lo más seguro es que habían entrado por la parte posterior de la fábrica, ya que esa parte no había podido ser tomada en el primer golpe de los inconformes, así que solo tenían suya la entrada principal, las paredes, la recepción, algunas oficinas de la parte de abajo y el área de carga y descarga. Lo demás había sido cerrado con candados y cadenas o soldado con gruesas barras de acero. También había  policía privada con armas, había sido contratada para cuidar las áreas que no estaban en huelga, con la indicación de aplicar toda la fuerza de su autoridad si alguien intentaba traspasar estas zonas. Pero lo que si tenían, y los altos mandos nada pudieron hacer para salvar, era la escultura en bronce del dueño fundador. La habían pintado de rosa con un aerosol, le habían puesto un sostén, bragas de mujer y le habían pegado con goma industrial una peluca rubia en la cabeza, esa era la nueva apariencia del dueño fundador que contemplaría cómo se llevaba a cabo el gran discurso de los oprimidos triunfadores.

Por desgracia, se sentó hasta delante, justo frente al atril. Uno de sus compañeros de área lo había reconocido, y para tristeza suya, este compañero era uno de los más férreos luchadores del movimiento, por eso llevaba unos puntos en la frente, marcas de la trifulca y los golpes de la primera toma del lugar. Para una mayor desgracia, lo consideraba un amigo de verdad, por eso le había apartado un asiento para los luchadores más comprometidos en la primera fila. Claro que él no lo era, siendo sinceros, el movimiento de obreros y oficinitas, la lucha hasta el final, los derechos de los trabajadores explotados y todo lo demás, le importaba menos que nada. Trabajaba para que no lo echaran de su departamento en ruinas por no pagar la renta y para poder comer cereal dos veces al día.Sus máximas aspiraciones eran poder contratar televisión por cable algún día y tener un microondas, todo lo demás era insignificante para él, sobre todo el aburrido discurso que estaba a punto de comenzar. De igual manera estaba ahí y no se pudo sentar en la parte trasera para dormir un poco, ahora tendría que oír por horas el parloteo completo para después esperar a ver que sucedía.

—Compañeros, camaradas, hermanos y hermanas de la Unión de Trabajadores Libres e Independientes de la empresa de focos La Esmeralda: estamos todos aquí reunidos este día que se recordara por generaciones, porque  por fin el sistema tirano en el que estuvimos siendo explotados años y años acabará hoy mismo. Sí compañeros, la lucha por fin se ganó, y nosotros somos los ganadores, usted y usted deberían sentirse orgullosos, porque gracias a nuestra unión y a nuestra temeridad, los grandes jerarcas de La Esmeralda han cedido a nuestras peticiones, a todas y cada una de ellas, que más que peticiones son derechos básicos que todo trabajador de nuestros tiempos debería tener. La lucha fue dura, eso no lo voy a negar, todos sabemos que hasta se ha derramado sangre. Al principio ni yo mismo pensé que las cosas se iban a dar así, pero si ellos se iban a poner duros, pues nosotros nos íbamos a poner más duros todavía, nada de plazos para preparar un nuevo plan para el obrero y el trabajador, nada de cambios “poco a poco”, nada de prórrogas, nosotros los trabajadores libres e independientes no íbamos a ceder en absoluto, las cosas iban a ser enseguida, las cosas iban a ser inmediatas. Nosotros, camaradas, somos el alma de este lugar, nosotros le damos vida a La Esmeralda, somos el principal motor de productividad de la fábrica y ya era suficiente que nos trataran como si el hecho de estar aquí siete, ocho y hasta nueve horas al día, todos los días de la semana, fuera un favor que nos estaban haciendo.

Se oyeron aplausos.

Entonces sucedió, se quedó dormido, el discurso aunque dinámico y enérgico, había hecho el efecto menos esperado en él. Tantas palabras, poco a poco lo habían ido arrullando, ahora estaba tan dormido como podía estarlo alguien en una silla, tenía los brazos cruzados sobre el pecho y  la cabeza le colgaba hacia adelante. Estaba soñando con un pequeño río de agua mansa que corría cerca de él, podía escuchar el burbujear del agua y sentía un calor reconfortante que le recorría todo el cuerpo, como si estar ahí fuera una experiencia tan reconfortante que no valía la pena volver y escuchar tan enfático discurso. Pero de repente sintió un fuerte codazo en las costillas que lo hizo despertar tan rápido que por un segundo no supo ni siquiera dónde se encontraba y lo que era peor, el calor reconfortante de hace un momento se había convertido en un bochorno que le recorría desde las pantorrillas hasta la nuca, donde ya se estaban empezando a formar pequeñas gotas de sudor. El día era muy caluroso y el sol estaba empezando a llegar a su punto más alto, aunado a esto, no tenían ninguna especie de protección contra el sol ya que solo habían colocado las sillas en la explanada de la entrada del lugar.

—Cómo te puedes dormir en un momento tan importante para todos nosotros, es como si esto te importara un demonio.

—Disculpa, es que anoche casi no pude dormir, y hoy vine sin desayunar.

—Eso no es excusa—. Esto fue lo último que su enérgico compañero, que le había conseguido el asiento de primera fila le dijo, antes de que todo empezara.

Todo sucedió tan deprisa que le costó mucho poder saber que era lo que ocurría. Primero se escucharon unas explosiones que venían de la parte final de las filas, después gritos tanto de hombres como de mujeres, y todo se volvió oscuridad. Habían sido arrojadas, desde la calle, entre quince y veinte bombas grandes de humo con gas lacrimógeno, eran bombas usadas por la policía para romper manifestaciones, pero en este caso se habían lanzado para acorralar a las personas que estaban al interior de la fábricay  que no tenían hacia dónde correr porque la policía entró por el único acceso. Fueron entre cincuenta y sesenta elementos armados con rifles que usaban balas de goma, escudos de plástico reforzado y máscaras antigás. Las personas corrieron por los patios hacían la parte que estaba cerrada con candados y barras de acero, los gritos y los alaridos llegaban de todas partes, pero no era posible saber qué era lo que estaba pasando en realidad porque el humo era demasiado denso. Corrió confundido entre la multitud mientras el jefe sindical pedía calma a la asistencia entre el humo que lo hacía toser. Corrió tanto como pudo mientras escuchaba las balas de goma pasar silbando a su alrededor, incluso sintió que había pisado un cuerpo que estaba tirado sobre el suelo. Cuando de repente sintió un fuerte golpe en la cara que lo hizo retroceder y caer de espaldas. Un policía del tamaño de un gorila le había asestado un fuerte golpe con su macana entre la nariz y la boca. Acto seguido le puso las esposas, lo arrastro un varios metros sobre el piso, y entre otros dos policías lo arrojaron con rudeza dentro de una de las camionetas que habían traído para la ocasión.

Tiempo después supo con detalle lo que en realidad había ocurrido. el dueño de la empresa y sus subalternos habían tomado la determinación de que la única manera de volver a echar a andar a La Esmeralda era terminando de una buena vez con la huelga. Primero hablaron con el jefe de policía sobre un presunto atentado que se iba a cometer contra el dueño y sus socios, se habló de guerrilla urbana y no de sindicalistas. Así  el jefe de la policía se rindió en brazos del dueño. Tenía su apoyo incondicional. Juntó a su mejor unidad antimotines (los policías más salvajes y grandes que tenían en la comandancia), le dio carta abierta de hacer lo necesario para terminar con aquella locura. Los policías llegaron al lugar y arrojaron las bombas, acto seguido entraron a la fábrica machacando a todo lo que se moviera y que no tuviera uniforme de policía. Hombres, mujeres y ancianos, a todos se los llevaron directo a la comisaria, culpados por una serie de delitos tan absurdos que no valen la pena ni mencionar.

A la mayoría los dejaron libres después de uno o dos días y, claro, de haber pagado una cuantiosa suma de dinero. Sin embargo, a los líderes sindicalistas se les plantó evidencia que los incriminaba de haber querido asesinar al dueño de la empresa y a toda su mesa directiva. Cosas como una pistola sin registro, planos de la empresa, fotografías de la familia del dueño y demás cosas. Ahora están pagando una condena en la cárcel estatal más cercana, su próximo juicio de apelación será dentro de dos años.

La protesta-Héctor Mateo

La protesta-Héctor Mateo

Él por fin pudo salir teniendo que pagar, como los demás, una suma absurda de dinero por el simple hecho de haber ido al discurso que ni siquiera había oído completo por haberse quedado dormido. Del golpe que recibió en la cara, sólo le quedaba un gran hematoma en el labio superior y había perdido tres dientes de enfrente. Por supuesto no era nada en comparación con los brazos rotos, hombros dislocados, costillas astilladas, el caso de una joven que había denunciado abuso sexual por parte de un policía, y alguien que había perdido un ojo porque una bala de goma le había impactado directo en la cara. Poco tiempo después confirmó que a su compañero enérgico de los asientos en primera fila lo habían matado ese día, al parecer un policía le había disparado una bala de goma a quemarropa directo en la nuca, murió casi al instante, pero como no hubo testigos que pudieran describir a detalle lo que había pasado en realidad, tampoco había culpables a quienes condenar. A la gran mayoría de los empleados los despidieron. No hizo falta mucho tiempo para que muchas otras personas con la necesidad de dinero entraran a trabajar ahí, con los mismos derechos y oportunidades que siempre se había tenido, sólo que ahora los dueños tomaron más precauciones tanto físicas, como una policía privada, como legales, para que no se pudieran formar ninguna especie de sindicato.

Después de buscar trabajo en otras fábricas sin encontrar nada, por no estar capacitado o por no tener la experiencia suficiente, decidió regresar a la casa de sus padres en provincia y ayudar en la pequeña tienda de abarrotes que ellos tenían. De su vida en la ciudad sólo le quedaron tres dientes falsos y una notoria cicatriz en el labio superior.