Eugenio Sierra Rodríguez

Pensaba en los sacrificios que había tenido que sortear para conservar ese terreno. En dos ocasiones los sacaron los militares de ahí, destruyendo sus chozas de madera y cartón porque decían que no se podía vivir en ese lugar. Pero después de diez años se dio el permiso para hacerlo. Eran terrenos ejidales de cultivo pero llegó el momento en que el salitre los empobreció y los campesinos decidieron habitarlos. Era una colonia completa que había logrado el cambio de uso de suelo. Lograron cercar sus terrenos de quinientos metros cuadrados para casa habitación pero que estaban alejados de sus viviendas, a cinco kilómetros y sólo los iban a visitar de vez en cuando. Motivo por el cual se los empezaron a robar uno a uno. El robo era con lujo de violencia y agresión. Los ejidatarios se defendían como podían pero les faltaba lo principal: la organización. Incluso en la actualidad, los hampones sacaban a los dueños y conseguían clientes a los que vendían los terrenos baratos. Había más de cinco bandas, todos ellos armados y coludidos con las autoridades del Estado de México.

   Por la noche veía las estrellas. El terreno donde se encontraba Rubén era grande, empastado, con árboles frutales en los límites. La cerca era una malla metálica aferrada a postes de concreto. La malla estaba cubierta por un hule blanco. En esos momentos alguien gritó a Rubén:

-—¡Hey, tú, ven para acá!.

De la calle, un hombre de piel blanca con la cara desfigurada esperaba a Rubén, cerca de la malla cubierta con hule blanco. Tenía en su mano una pistola magnum con la que le apuntó a Rubén y le dijo:

—Quiero que te vayas y abandones este terreno, si no a las nueve de la noche te saco a patadas con mis hombres. ¿Oíste?

—Sí, señor, pero el dueño se va a enojar.

—Vete tú, y tu dueño al carajo. Dile a ese “jijo” que no se presente porque si lo hace lo mato.

El hombre desfigurado de la cara se dirigió enojado hacia una camioneta Blazer cerrada color blanco y aceleró a toda velocidad en ese camino de terracería y lleno de baches, levantando una polvareda y escuchando el chirriar y el forzamiento del motor de la camioneta.

—Eso me dijo, Rubén. Yo no vi al agresor. – Dijo Edgar con voz pausada.

— ¿Usted qué quiere?— Preguntó un hombre delgado y moreno.

—Pues que te enfrentes a ese tipo y a su banda.  No pienso llegar a mi terreno y ser agredido por esos hampones— Respondió Edgar.

—Bueno, pero le va a costar cincuenta mil pesos. — Dijo el Negro.

—Pues qué remedio, con tal de que ya no se metan conmigo, haz lo que tengas qué hacer. — Dijo Edgar.

—Vamos al terreno a esperarlo, ya es la hora. — Dijo el Negro.

   Cuando llegamos le mostré al Negro el terreno empastado. Él dijo que eran setecientos cincuenta metros cuadrados pero yo le respondí que eran setecientos veinticinco exactamente. Luego les dijo a sus cinco guardaespaldas que salieran a la calle a esperar al Güero cara ladeada. Yo me quedé en el quicio de la puerta de malla con hules. La noche era oscura pero alcancé a ver cómo se bajaba el Güero y siete de sus guardaespaldas de su camioneta y cómo el Negro corrió a saludarlo. Se escuchó una carcajada del Güero cara ladeada y luego unas palabras cortadas:

— ¿Ya eres tú el dueño?

   Regresó el Negro y nos dijo: —Ya está arreglado, ahora el Güero cree que yo soy el dueño. Tú,  Edgar, no te presentes por unos días y el sábado yo te presentaré con el Güero y le diré que ya no te moleste.

   En efecto, el sábado, a medio día, llegué a la casa del Negro. Toqué su zaguán metálico antiguo y al abrirme su hijo me preguntó:

— ¿Traes el dinero?

—Sí, le dije. — Luego le mostré la paca de dinero en la bolsa de mi chamarra. Su hijo me llevó hacia la casa de un solo piso. Ahí, en la sala encontré, sentados en los sillones al Güero y al Negro.

—Güero, te presento a Edgar, el nuevo dueño del terreno del que te hablé. A este quiero que los respetes y ya no te metas con él. Ya me dio todo el dinero y eso lo hace respetable. — Dijo el Negro.

—Bueno, contestó el Güero no muy convencido.

—Cómo, bueno, así sin ganas. Quiero que lo respetes y no quiero quejas. Si no te las verás conmigo. — Repitió el Negro.

   El Güero, cara ladeada, con una señal me pidió me le acercara. Me dio la mano y me dijo:

—El Güero, Servando. De ahora en adelante será mi protegido.

—-Espero no se meta conmigo ni con mis familiares que habitan el terreno.—respondí extendiendo la mano para estrechar la de él. Sentí la mano sudada del Güero. Era una mano gorda parecida a un sapo a punto de saltar, me dio asco.

Regresé al terreno donde había dos habitaciones hechas de block con techo de láminas de metal. Ahí me esperaba Rubén deseoso de escuchar palabras de aliento.

—Sí, Rubén, ya nos va a dejar tranquilos ese hampón. Vive con tu familia en paz que ese tipo ya no te molestará. En caso contrario le dices que el terreno está protegido por el Negro, que se arregle con él.

Oscurecía cuando Edgar se acostó en su cama. Esta vez con la idea de dormir. El viento corría levemente por la ventana abierta. Las cortinas delgadas y blancas se movían a lado del guardarropa de cedro rojo que exhalaba un aroma especial y agradable. En la pared, un reloj tallado en cedro blanco y al costado de la cama, un crucifijo con un cristo tallado en  caoba. A lado de Edgar estaba su esposa, sólo en bikini y sostén. La buscó con las yemas de sus dedos. Pudo sentir sus piernas suaves, largas. La tibieza de su piel y el aroma a jazmines, de ese nuevo perfume que se compró. Era una invitación a gozarla a ella, tan joven y bonita. Tan llena de fuego. Tan delicada en sus maneras. Tocó sus manos delgadas y suaves. La frescura de su espalda y de sus pechos redondos como dos mundos que contenían la vida misma en sus contornos. Con sus yemas tocó su cintura y sus caderas y percibió que en su ombligo se asentaban las seis cuerdas de la guitarra que sólo necesitaban rasgarla para escuchar el sonido musical y afrodisiaco que contenía su tambor, su vientre liso y armonioso. Sintió la sinuosidad de sus caderas y se imaginó estar tocando una sabrosa melodía cuya musicalidad exaltaba sus sentidos. Pero se dio cuenta que estaba en un problema y su esposa María del Carmen dormía plácidamente. Sabe que sería egoísta de su parte despertarla y gozarla, teniendo este problema tan difícil y frustrante en la conciencia. El problema fue que no pudo dormir. Las escenas entre el Negro y el Güero Servando se repetían una tras otra como burlándose de él. Se le habían quedado en la memoria y ésta los reconstruía una y otra vez. De una manera obsesiva.

Edgar comenzó a voltearse de un lado a otro de su cama. Sentía que sudaba y se quitaba el cobertor. Luego sentía frío y se colocaba el cobertor encima. Al final vio en el reloj, colocado en el centro de la recámara, las tres de la mañana y sintió las orejas calientes así como sus mejillas. Le empezó a doler la garganta y empezó a toser. Edgar creyó que las presiones de la semana anterior lo habían debilitado y por eso le estaba dando temperatura. Sonó el despertador a las cinco de la mañana y tuvo que levantarse, para ir a trabajar, sin haber dormido más que por unos instantes.

venta del terreno ilustrador Héctor Mateo

   El terreno no fue robado por el Güero Servando con su banda de hampones. Luego los días transcurrieron y a Edgar se le presentó la oportunidad de vender el terreno para evitar tener que tratar con el Güero Servando cara ladeada, que era despreciable en su trato.

   Antes de vender el terreno, Edgar tuvo una mala visita. El Güero Servando se presentó a Edgar para cerciorarse si todo estaba bien. En esa ocasión el Güero le comentó que lo veía raro como que ya no le echaba ganas para cuidar el terreno. Lo veía desfallecido. Edgar contestó que había estado enfermo por eso no se le veía con muchas ganas pero que se diera una vuelta dentro de un mes y lo vería con otra actitud.

   En efecto, después no de un mes sino de tres meses, el Güero pasó a saludar en el terreno de Edgar y encontró muchos cambios: en lugar de la malla cubierta con hule blanco había una barda de tabique con la altura de cinco metros con un zaguán que parecía una fortaleza. La puerta estaba reforzada con chapas de seguridad y en lo alto de la barda un sistema de monitoreo con una malla electrificada. Casi imposible de penetrar en el lugar. El Güero tocó el zaguán y por el altoparlante se escuchó una voz que le preguntó:

— ¿Qué desea?

—Quiero ver a Edgar— dijo el Güero.

—Disculpe, pero él ya no es el dueño de esta propiedad.

—Cómo diablos no. Si yo soy el que lo protejo y a mí no me avisó que vendería el terreno. —Dijo el Güero.

   Luego se escuchó el sonido de un clic que venía de lo alto. El Güero alzó la vista y arriba de la barda de tabique donde comenzaba la malla electrificada, en un techo de concreto, vio a dos hombres de pie con un rifle, cada uno que le apuntaba exactamente a la cabeza y le decían:

—Lárgate o aquí te acribillamos.

   Vio a los dos hombres tan decididos en hacer lo que le habían dicho que le entró el pánico al ver cómo le apuntaban a la cabeza. Con la mirada de miedo alzó los brazos y se fue alejando del zaguán para meterse en su camioneta Blazer blanca y acelerar a toda velocidad en la carretera de terracería. Sabía que de nada le servía la magnum cuarenta y cinco que  traía en la cintura. Que en el momento de quererla sacar lo acribillarían. Pensó en lo que los ejidatarios sentían cuando él hacía lo mismo cuando les apuntaba con su pistola.

   Del Güero cara ladeada sólo quedó el mal recuerdo de la polvareda amarillenta dejada en la calle por su camioneta. Jamás regresó a esa fortaleza…