Por Jorge Hernández

No quiero ser perra, pero a alguna gente le llegan tarde los chismes y sus fuentes no son tan confiables como las mías, porque, la verdad la verdad, lo que nos contó la señora esa de cuyo nombre no quiero ni acordarme, pero que ya todos saben que es la gorda soflamera doña Gera, no es ni la mitad de la historia. Porque pues, ya todo el mundo sabía que Rogelio y Olvido tenían problemas: él era bien mujeriego, y había dejado descuidada a su mujer y que ésta cae en los brazos del chamaquito ese Pablo y entonces sí, muy machote el Rogelio golpeó al galán y lo mandó al hospital. Pues déjenme decirles que lo que esa fodonga creída contó es como la versión de cuarta, quinta o sexta mano, que ya todos sabíamos y callábamos. Digo, las cosas como son, nada más.

Sí, es cierto que Rogelio le puso una madriza a Pablito, pero pues cómo no, si el Pablo le estaba viendo la cara de… de tarugo al Rogelio, miren que acostarse con la esposa y con la amante de este pobre cabrón. Pero peor los verán, peor, se aferran a un pedazo de carne y luego ahí andan como perros, vuelta y vuelta a la esquina, jajando, nomás jajando por volverse a comer el mismo pellejo. Y yo se los digo, se los digo porque, pues… porque de aquí se mira casi de frente la dizque butic de Pablito (yo le digo Pablito porque… lo vi crecer desde que estaba así de chiquillo y mírenlo ahora nomás) y digo dizque pues porque aquí se sabe todo y de butic, nada de nada, eso es nomás para lavar dinero.

De aquí de mi unisex se ve directo quién entra y quién sale del tal negocio, con ese nombre tan ridículo que le pusieron, La Fountainbleu, como si fuera restorán de mariscos, pero bueno, pos así se llama y ni modo. De aquí se nota todo, todo. Y de aquí vi entrar a Olvido, y a Rogelio con su esposa Carolina, y a Rogelio con Olvido, y a Carolina sola, y a Olvido sola y a Rogelio solo.

Porque, ¿por qué creen que el Rogelio le partió la madre a Pablito? Si no estamos ya en los tiempos de la revolución, que los hombres lavaban su honor con sangre, ¡ay ni que fuera! El coraje de Rogelio no fue porque Pablito se estaba cogiendo a Carolina y a Olvido, su encamellamiento fue porque, bueno, porque este muchachito le estaba viendo la cara. Y miren qué si no, ese Pablo es bien largo, se hace pasar de veinticinco años y apenas acaba de cumplir los diecinueve el mes pasado.

Es que no me van a creer lo que vi allá en el otro lugar donde trabajo, ya saben que allá yo me suelto el chongo y me doy cuerda, andaba con mi minifalda y mi bustié, cargando una cigarrera porque el dueño, que es un viejo ridículo, quiere darle un toque de los años 40 al antro ese y… ya se me iba por otro lado… pues ando yo como siempre, pelando los dientes, vendiendo cigarros, puros, cubanos, y que en una esquina, en lo más oscuro de la oscuridad, mascando el mismo chicle, faje duro y macizo, me voy encontrando a… a… ¿no saben a quién? ¡A Rogelio y a Pablito! Rogelio de traje como siempre, pero Pablo, era otra cosa, con una microfalda que ni yo me las pongo así, un brasier de chaquira, unos taconzotes con plataforma como de cuatro pulgadas, peluca y un maquillaje divino, se parecía a… a no sé quién, era como una… como la Beyoncé, Katy Perry, Megan Fox o Sofía Loren. No sé yo, pero una mujer muy cachondona. Yo me hice la desentendida pero cuando Pablo, o la mujer que era Pablo, se levantó para ir al baño, todos nos quedamos con la baba colgando, porque era una muñecota linda, enorme, nalgona, tetona, labionuda, que si yo fuera hombre, bueno que lo soy, pero ustedes me entienden, mira yo voy atrás de aquel monumento de nalgacidad, de nalguetismo, de nalguedad, o como se diga, pero pa quick.

Así me toca a mí ver cosas que no debo. Una vez en Miami vi al Emilio Estefan más coco que el de los cuentos de niños y otra, en Las Vegas, a Mike Ditka, con media docena de putillas no baratas, baratísimas, totalmente pedo perdido (los fajos de billetes se le caían y él andaba a gatas tratando de recogerlos) y luego, en El Tívoli, a Rogelio con Pablo. Y cuando no lo veo yo en persona, mis amigos vienen a contarme los detalles, porque todos saben que a mí me pueden referir sus confidencias sin riesgo de que yo vaya a soltar la sopa en lugares inapropiados, pongo llave a la boca y nadie me saca una palabra. Por eso no le conté a la mamá de Pablito lo que vi en el club, ni le dije que ahí pasaba Rogelio, vuelta y vuelta, hasta que cerraban la butic y ella se salía; apenas iba por la esquina la señora cuando Rogelio bajaba del carro, y córrele hasta la entrada de la tienda; tocaba y, como por magia, la puerta se abría. Ya ven ustedes que yo cierro tardecito los viernes y sábados (porque nunca falta quien se quiera arreglar a última hora para las fiestas), pues había noches que yo cerraba y Rogelio apenas estaba entrando.

Ilustración-Héctor Mateo García

Ilustración-Héctor Mateo García

Y que comienzan los rumores, que si Pablito andaba con Carolina; que no, que andaba con Olvido; que cómo un muchachito de su edad podía andar con esas cotorronas, que si sí, que si no, que guaraguara. Los chismes estaban a mil y le llegaron a quien no debían, porque fíjense quién fue a darle el chisme al cornudo. Yo sabía que Marisa, la hermana de Olvido, le estaba tirando el calzón a Rogelio, pero miren que ir a contarle al pobre cabrón que la esposa y la amante le están poniendo el cuerno, ¿pues cuándo se ve eso? A menos que esté muy desesperada y peor pos es que era su cuñado, no les digo. Todavía no sé cómo se enteró de los amoríos de Pablito con las momias y tampoco sé cómo es que no se diera cuenta de que Rogelio también andaba en el ajo, aunque, bueno, las mujeres enamoradas somos medio babosas. Pues total, que Marisa va a buscar a Rogelio a su oficina (dicen), le confiesa su amor por él (según me contaron) y le declara que no es justo lo que Olvido y Carolina estaban haciendo, que él se merecía una mujer mujer, como ella, derecha, solidaria, fiel, inteligente, que con ella todo sería diferente, que ella no se iba a ir a la cama con cualquier mocoso por guapito que fuera, y que le tira el rollo de siempre cuando uno quiere conquistar, puro verbo. Rogelio se puso como un toro, dejó a medias la oficina y arrancó fúrico (así me lo dijeron).

Yo, de aquí, escuché el frenazo del carro, y los gritos y los golpes. Los soplamocos eran tremendos. Pues claro, el coraje de Rogelio fue que Pablo le hubiera puesto el cuerno a él, no que se estuviera cogiendo a Olvido y a Carolina; digo, eso creo yo, por eso vino y lo sacó a rastras, lo zarandeó, lo escupió, lo pateó. Miren, lo hizo como quiso, como quiso. Y el pobre Pablo ni las manos, ni las manos. Yo se los digo porque lo vi, de aquí mismo lo vi, bueno, no de aquí mismo, más bien de aquella esquina, y decidí no acercarme más porque… bueno, también hay que respetar, era un pleito entre ellos dos, yo por eso no me metí, porque el que se mete entre marido y mujer… La policía, como siempre, no llega hasta tres horas después de que haya un muerto.

Así fueron las cosas, esto parecía telenovela. Porque, a pesar de la presión de su mamá, Pablito no acusó a Rogelio, y éste andaba a moco tendido, arrepentido de lo que le había hecho al muchacho. Con decirles que apenas Pablito salió del hospital, cada noche Rogelio le llevaba serenata para pedirle perdón. Le mandaba unos ramotes de rosas rojas, dicen que hasta compró boletos para unas vacaciones en Grecia. Era como un noviazgo de adolescentes, puro sufrimiento… Y no nada más ellos sufrían, todo mundo estaba a lágrima pura, devastados, deshechos, Olvido, Carolina, las niñas y hasta Marisa. Parecía teatro: gritos, portazos, desgreñadas, mentadas de madre de acera a acera, maletas para un lado y para el otro, puro teatro de despechados… según me dijeron. El único que no decía nada era Pablito. Cuentan que él se dedicó a recuperarse y no le respondió nunca, nunca jamás a Rogelio, nunca; y al par de viejas locas, menos. Ya unos meses después, yo me lo encontré en El Tívoli, igual de guapo y despampanante, con ese cutis que sólo pueden tener los jovencitos, y ya era otra cosa, cuerpo de otro mundo, con más curvas y con más galanes y como que más mujer.

Mientras tanto el pobre de Rogelio, como un perro, esperando que Pablo llegara a la casa, y nunca llegaba, y entonces el babas se venía a la butic a esperarlo y tampoco. Uno lo veía tirado allá y aquí, peor que un perro pero, n’ombre, quién sabe dónde y con quién estaría Pablito. Bueno, lo de tirado es un decir, allá enfrente estacionaba el carro y se quedaba horas y horas. Dicen que lo corrieron del trabajo, por faltista e irresponsable; al pobre que lo iban a mandar a las Europas y miren, lo mandaron a la fregada. Yo pasaba al lado del coche para ir por el lonch y se olía la peste a alcohol; sí, a mediodía Rogelio ya andaba hasta las manitas. ¿Y de imagen? Mira hasta donde caen, y él que se preciaba de andar siempre de traje, corte italiano o inglés, ahora le veía uno el saco todo manchado de pizza, de sangrita o de vómito, o de los tres. Andrajoso, apestoso y pendejo. Sus hijas le valieron queso; de eso sí estoy seguro porque una tarde vino Carolina, con las dos niñas y ahí estuvieron discutiendo, hasta que Rogelio le puso un par de cachetadas a su mujer y ella se fue arrastrando a las chiquillas… y ojos que te vieron ir…

La novedad, como siempre, duró unas semanas, después ya nadie volteaba a ver a Rogelio, ya era de la calle, como los semáforos y los anuncios de McDonald’s. Hasta al olor nos habíamos acostumbrado. El carro ya no se movía de ese lugar, se le desinflaron las llantas de no usarlo y le comenzaron a tapizar con tickets las ventanas, hasta que le pusieron la bota amarilla. La basura, bueno, la basura no es nueva por aquí, y lo comenzamos a considerar el loquito del barrio, siempre hay un loco ¿no? Y, después de unos meses, como si nada pasara. Hasta que un día, era miércoles (lo recuerdo bien porque los miércoles casi no tengo clientes, así que me pongo a ver quién pasa, nomás para no desperdiciar el tiempo a lo tarugo) y yo estaba solo, iba a cerrar y, yo parado junto a la ventana, vi a Pablito bajarse de un Mercedes grandote, de los caros, bueno sé que era él porque ya lo había visto en la Cueva, que si no, hubiera pensado que era una modelo o una puta carísima, porque traía un vestido pegado pegado, las piernas estaban doraditas de playa y el cutis le refulgía que, la verdad, o modelo o puta. Rogelio se le acercó, pero ella ni en cuenta, entró a la tienda y él se quedó esperando afuera, como limosnero. Al rato Pablito salió, entró al Mercedes y se fue. Yo, para que no digan que siempre estoy en el chisme, empecé a cerrar las cortinas del negocio y en eso vi pasar una bola de lumbre. Era Rogelio, apenas lo reconocí entre las llamas y los gritos. Unos dicen que no soportó más el rechazo de Pablo y se quiso suicidar; otros, que estaba prendiendo un cigarro y que se le cayó y que, por tratar de agarrarlo en el aire, soltó la botella de vodka que traía, y que cigarro y vodka, pues lógico. Los más malpensados dicen que la mamá de Pablito contrató unos matones michoacanos para que los novios de Pablo supieran que a su hijo no lo iban a maltratar sin castigo.

Lo único que quedó de esta historia es el carro, que todavía está allí enfrente. Yo se los cuento nomás para pasar el tiempo mientras les termino el pelo, porque aquí, yo, uno, aquí ve, oye y calla.

¿Verdad?