Jorge Meneses

A la niña le ponen un nombre que sólo algunos van a recordar. Diez personas cuando mucho, y estoy exagerando.

La niña estorba en casa, es un regalo incómodo, un suéter que se esconde en el clóset; un perrito que no cabe en casa. Eso, la niña es un perrito que no cabe en casa y pide leche y amor, chilla por las noches y nadie la mima. Su mamá no la mima.

Estorba y mejor la enviamos lejos, a un lugar donde el calor mata a las vacas y seca la leche. Lejos porque en casa no hay amor. Eso no se puede comprar y no existe; eso tarda mucho tiempo y, ¡ay no!, qué flojera.

La niña es arrumbada allá donde el calor mata a las vacas, seca la leche y llega hasta cuarenta grados centígrados. Es arrumbada en un clóset. Es un perrito que pide leche y amor —A ver niña tenga estas muñecas, vístalas, péinelas y arréglelas para que aprenda a ser mujercita— La niña estorba en todas las casas. Las tías y primas la menosprecian y —a ver niña sáquese para allá— Es arrumbada donde el sol no quiere a los perritos y los hace rabiosos y eso se hereda. Estorba en todas las familias, tantas familias porque: —Tu abuelita fue muy puta, guachita, y eso se hereda— Estorba en todas las casas. Los tíos y primos la manosean y —a ver mijita bájese los “chones” para enseñarle a ser mujer y usted no diga nada porque le va mal— Es arrumbada allá donde el sol calienta las vergas de perros calientes y —a ver abra las piernitas, a ver cómo que no quiere si usted es igualita a su abuelita y su abuelita fue muy putita y eso se hereda—

La niña crece pero nadie le pone una marca en la pared para saber cuánto ha crecido; a la niña le marcan la piel todos los primos y los tíos; y —cállese, no diga nada. ¿Verdad que le gusta?, ¿Verdad que se siente rico? Ay qué rico, qué rica está usted “mijita”— La niña crece y es un perrito que odia y quiere morder a los de las bicicletas, le ladra a los carros, gruñe a quienes pasan a su lado; le aúlla a la luna, a su madre. Pero su madre es hija de su madre… y eso se hereda, por eso arrumbó a la niña en un clóset: para seguir abriendo las piernitas.

A la niña le gustan las niñas y por eso le pegan. —Órale hija de su pinche madre, a mí no me ande viendo los calzones, culera— A la niña no le gustan los niños y por eso la humillan. —A ver hija de la chingada bájese los pantalones yo la voy a volver mujer para que deje de andar viendo los calzones a sus primas— La niña aúlla el nombre de un padre que no llegará a defenderla porque está lejos y la arrumbó en un clóset donde el sol calienta las vergas.

A la niña le crece un niño en la panza y por eso la corren de todas las casas, la exilian de todas las familias. Por andar de loca; —¿o tú qué crees?, ¿crees que no escuchamos lo que dice la gente de ti, que te andas metiendo con cualquier cabrón que se te pone enfrente? No, aquí somos gente de decente, putas no—

Ya no le gustan las niñas: fue una etapa. Ya le gustan los niños otra vez; le gusta que su niño le crezca en la panza. Le pondrá un nombre que sólo algunos recordarán. Diez personas cuando mucho, y estoy exagerando.

La niña conoce a un hombre y —Hola, ¿cómo te llamas? — Y ella responde: —Tengo un nombre que, según dice el que escribe esto, sólo algunos van a recordar, diez personas cuando mucho— Y el hombre sonríe porque yo, el que escribe (porque todo esto es una mera ficción, esto no sucede), así lo mando. Y el hombre responde: —Bueno, ahora tu nombre lo conocemos once personas cuando mucho— El hombre sonríe y la niña también. Comen helado y se quieren. Él la quiere. Le tiene amor del bueno. Se la lleva a su casa porque ahí sí hay espacio para un perrito y el clóset huele a Suavitel: Suave como el amor de mamá. El hombre y la niña son novios, se besan sus bocas, se pasan el chicle, se tocan sus cosas; sonríen, van al cine, se abrazan, duermen bonito, de cucharita; sueñan; planean ser viejos, pintan su casa de azul y el techo con nubes; ven el fútbol y Cruz Azul pierde otra final y el hombre llora y la niña lo consuela, vuelven a sonreír y hacen el amor —Con cuidado, por favor. —Con cuidado—, responde el hombre y la toca y le toca la panza rellena de niño. Con cuidado la penetra hasta el fondo y con cuidado los ojos de la niña se van al cielo. Con cuidado la acaricia y los vellos se alzan y apuntan hacia las nubes del techo.

El niño de la niña sale de su panza. El hombre cambia, la niña ya no es su niña, ya no es el perrito que recogió de la calle. Ya es una mujer, una señora, un cuero flácido y el hombre quiere nalgas y tetas tersas, pero están casados, ni modo, tiene que aguantarse o divorciarse, pero divorciarse es muy caro, mejor bebe y cambia de humor. Bebe y golpea a la niña. —Tenga hija de su puta madre. Pinche puta, como tu madre— Pero no es culpa de la niña. Sí, su abuela era muy puta y eso se hereda, pero la niña no es ninguna puta y la antonomasia no vale. No es puta pero le pegan por sospecha. No eran brujas pero las quemaban por sospecha. No lo es pero la niña tuvo un niño de quién sabe de qué tío o primo y —A ver abre el hocico y chúpamela— Me vale madres que no te guste, chúpamela hasta que me venga en tu hocico— Y la niña la chupa y mira las nubes grises que hay en el techo. Llueve, pero no llueve, es que la niña tiene empañados los ojos de tanta lágrima y —Traga mis mecos pinche puta—, y la niña quiere tragar pero no puede, se vomita y el vómito cae en los zapatos del hombre, y el hombre le vuelve a partir su madre —porque eres igual de puta que tu madre y una cerda, no sé cómo me casé con un cerdo, hazle como cerdo hija de la chingada. ¡Que le hagas como cerdo! —, y la niña le hace como puede porque el hombre la patea como perro.

El niño de la niña no puede hacer nada porque está “peque”, sólo puede acariciar las heridas de la niña cuando el hombre no está. Y la niña le pregunta a su niño: —¿Verdad que tú sí me quieres, mijito? —Sí mamita, yo te amo— A la niña la aman de a de veras. La ama su niño y en la escuela le hace dibujos y le escribe: te amo mamá. Y la pone con capa y miles de hombres muertos debajo de sus pies. No, eso no se dibuja, le dice la maestra pero al niño no le importa porque tiene rabia. Eso lo heredó.

El hombre corre a la niña y a su niño porque recogió otro perrito de la calle. Mejor para la niña y su niño, y para Coppel, Suburbia, Walmart, Liverpool, Aurrera: oportunidades de crecimiento; crece con nosotros: medios turnos de seis horas con media de descanso y tres horas de transporte público. Mil doscientos a la quincena menos diez y ocho diarios de ida y vuelta más comidas. Sueldo de hambre y el niño que ya le ruge la pancita. Ni modo, doble turno laboral porque “Oportunidades de crecimiento”. Dos mil cuatrocientos quincenales.

La niña se hace flaquita, piel ajada, ojos cansados, pronto cumplirá los cuarenta y cinco y ya parece de sesenta. El niño de la niña es flaquito, no muy alto, ojos furiosos; tiene rabia (eso se hereda) y pronto será un adulto.

A la niña la doblega la vida, le cae la cruz sobre la espalda mientras siguen llegando los recibos de la luz, del agua, del teléfono y del banco; mientras allá afuera la gente se encierra en sus casas por la contingencia ambiental y come pizza, ve películas donde el amor sí existe porque se puede comprar y siempre hay finales felices. Dios es dios y se apellida Hollywood. La niña tiene un nombre que sólo algunos recordarán. Diez personas cuando mucho, y estoy exagerando. Pero la niña tiene un nombre bonito aunque ella sea viejita; los nombres viejitos sólo los pronuncia el mar y los árboles y son homenajeados en películas horribles que duran hora y media. Películas tipo B.

La niña murió un catorce de diciembre a las dos cuarenta y cinco de la mañana. Momentos antes pidió a su niño que perdonara a los que la ofendieron, “no sabían lo que hacían”. Pidió que no guardara rencor. El niño acarició la frente de su mamá, de una niña que fue un regalo incómodo, un suéter que se esconde en el clóset, un perrito que no cabía en casa.

El niño de la niña es un perro que heredó la rabia. No hay perdón, sí rencor. El niño de la niña compra un boleto —Costa Line, asiento 5, ventanilla, por favor— Destino: Lugar donde el calor mata a las vacas y seca la leche. Lleva fuego en las manos porque quiere incendiar a todas las familias, todas las casas porque —¿Verdad que tú sí me quieres, mijito?