Por Myrna Caballero Fernández

Para todos todo, nada para nosotros

Lema zapatista

La brecha entre clases sociales ha sido siempre un espacio para el debate y el análisis de los pueblos. Ya en la antigua Atenas existían jerarquías y estratos sociales que se unían para cumplir sus propios fines con la búsqueda de hacer política. Se debe recalcar que en los distintos niveles sólo los reconocidos como ciudadanos podían dialogar y tomar decisiones sobre la vida de Grecia lo que los definía como seres democráticos y autónomos que dirigían el propio curso de su existencia, de tal forma que la política se posicionaba como superior a otra capacidad humana. La etimología de política viene de polis que por extensión es Estado y sociedad, las polis fueron la forma de organización territorial y social distintiva de los griegos, pero también refería a cualquier asunto relacionado con la sociedad, de modo que las cuestiones del Estado eran también cuestiones de todos los ciudadanos, de quienes tuvieran poder civil. Evidentemente era necesario un espacio fijo donde se dialogara y se decidiera el destino de las sociedades, ese espacio fue (es): la ciudad.

La ciudad tiene un valor histórico milenario, se reconoce como el lugar sinérgico donde los individuos pueden encontrar puntos en común y satisfacer sus más grandes inquietudes. El origen de la ciudad surge de la unión de tribus y familias con intereses similares y está ligado a la política y al génesis de la democracia, es el espacio de discusión y de conflicto. La ciudad es el centro de manifestación y desarrollo cultural, se destaca por su heterogeneidad y sus miembros que buscan el derecho al buen gobierno, hay individuos con capacidad de gestión y decisión dispuestos a compartir, decidir o asociarse. La ciudad es un espacio de la política ya que es donde se descubre la participación de las partes de una sociedad en el espacio público.

Sin embargo, ahí surge el conflicto de las sociedades modernas, en el apropiarse del espacio público descubrimos el espacio social donde se encuentra una tradición definida que revela una estructura social, económica y política, encontramos la identificación de distintas necesidades y nace la distinción entre “los de arriba y los de abajo”, surge “lo otro”. Retomamos esos estratos y dividimos a la sociedad en distintos órdenes: “los ricos, los pobres”, “los escuchados, los callados”, “los que ponen las órdenes, los que las siguen”, “lo urbano, lo rural”, “los de la ciudad, los del campo”.

Ahora bien, sería inútil negar que en México existe una estricta relación entre la posición geo-económica social de los sectores y la participación política. Bien sabemos que el auge de modernización del siglo XX en nuestro país ha llevado a muchos pueblos y sectores a la aceptación de formas de vida no elegidas por su propia voz. Por lo que la exclusión de los miembros de una sociedad provoca desigualdad política y si la democracia representativa tiene como más grande base la participación de los ciudadanos, ¿qué hacer para la renegociación (diálogo) permanente entre miembros en busca de prevenir la exclusión, evitar la segregación social, las comunidades cerradas y tratar de incrementar la calidad de la democracia con la participación ciudadana? Tal es la guía general del escrito, ¿quiénes están incluidos en el estatus de ciudadanía?, ¿cómo vivir en un país donde las decisiones no son tomadas por la mayoría?, ¿cuáles son los espacios colectivos de participación?, ¿dónde es el lugar de encuentro para la búsqueda del bien común y la igualdad de los pueblos?, ¿cómo desplazar la participación?, ¿para qué?

Primeramente, definamos lo que es participación: consiste, no sólo la intervención de los ciudadanos en los asuntos públicos a través del sufragio, sino también en la intervención de los mismos en el funcionamiento de las instituciones. México es un país diverso, esto lo ha dotado de culturas, formas de pensamiento y niveles sociales múltiples, pues en el inicio del México actual se buscó la modernización del país enfrentando lo conservador y lo liberal, lo tradicional y lo innovador, este suceso provocó el aislamiento y la marca de fronteras mucho más estrictas entre la sociedad, pues el plan de inclusión fue sólo para los privilegiados, no logró sus objetivos de homogenizar, la estrategia nunca consideró la integración de todos los sectores sociales, sino sólo los que pudieran aportar desarrollo y producción industrial de gran alcance. Así el campo quedó aislado de todo privilegio político y de participación dejando de lado sus derechos humanos, civiles y garantías individuales en una sociedad “democrática”.

Entonces con el auge del capitalismo y con la intención de incorporar a la población rural a los planes de modernización del país, inició la pluralidad de concepciones del bien, los individuos comenzaron a ver por sí mismos despojándose del yo universal para no ver más que diferencias y barreras entre las necesidades urbanas y rurales.

Si bien es cierto que esta distinción entre campo y ciudad nos recuerda que cada sector es único y con fines propios, no debemos olvidar que es necesario el establecimiento de acuerdos que superen los debates entre lo moderno y lo tradicional y para ello es necesaria la participación ciudadana que tomaremos como derecho clave, fundamental para el desarrollo de sociedades y culturas.

Los del campo

En las sociedades modernas el voto no es la única forma de participación política y de ser así, las repúblicas democráticas serían demasiado débiles y planas. En un país en desarrollo como lo es México, los movimientos sociales son los que más llaman nuestra atención. El involucramiento del espacio y el tiempo en el que vive un individuo lo ayuda a definirse políticamente, pues de eso depende (espacio y tiempo) la forma en que decidirá actuar. Una característica esencial de las sociedades rurales es el colectivismo, en las zonas de campo vemos de forma más auténtica la unión de sus miembros por la búsqueda del bien común, quizás por tradición milenaria. Pero en ellos vemos la promoción de intereses generales buscando un cambio no sólo social, sino político, económico y hasta ambiental.

Aquí debemos resaltar que la mayoría de las zonas rurales o de campo en México cuentan con una mayor población indígena, pues fueron ellos quienes sentaron las bases de lo que hoy sería la ciudad. El indigenismo en México refleja las más grandes bases con las que se construyó el Estado mexicano resaltando su influencia cultural, pero al ser un sector que no podía (puede) alcanzar las demandas de un país capitalista y en desarrollo, el campo es sólo la base más primitiva del país, quedó rezagado de toda opinión política, se le arrebataron sus tierras, su identidad, dejó de sentirse integrado en el sistema económico, legal y hasta social.

Con la ausencia de reconocimiento y agentes institucionales, el Estado se vio obligado a enfrentar al que podría ser el movimiento político y social más influyente de México a finales del siglo XX, para 1994 México veía levantarse al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, un grupo con estructura organizada que no conocía nada más que la persecución del Estado, se les acusó de liberales y comunistas, se le tomó como grupo utópico, sin conciencia sobre la realidad política. No obstante, sus peticiones reflejaban el aislamiento político de las comunidades rurales (indígenas) y eran de lo más cercano a la búsqueda de la real democracia representativa. Entre sus demandas exigen un proceso de participación política más democrática, mantienen un papel central en las demandas indígenas, la lucha por la autonomía, la aplicación de un modelo socialista y la crítica al capitalismo, aunque más importante la promoción de una “nueva” democracia que reconociera la pluralidad de las sociedades.

Las poblaciones rurales de la Selva Lacandona y los Altos han sido protagonistas (así como hoy Marychuy) de movimientos sociales con relevancia política pero siempre marcamos esa distinción de “los del campo quieren”, esto no resulta más que en la nula gestión de los servicios y prestaciones públicas descentralizadas, la aplicación de los principios de cooperación, universalidad y participación quedan olvidados. A pesar de los grandes esfuerzos de las comunidades no hay plena participación porque no se les reconoce como ciudadanos, por lo tanto, no intervienen, no hay plena democracia pues si algún sector queda etiquetado por un atributo tal como indígena, rural o de campo queda excluido del espacio público de decisión.

Los enfoques políticos para el desarrollo, se han olvidado de revalorizar la forma de vida rural y preguntarse sobre la manera en que quieren ser integrados o no a un proyecto de modernización. El Estado deberá reforzar su institucionalidad para que sólo a través de la escucha de las demandas más auténticas, con la participación de un sector aislado, implante políticas equitativas fortaleciendo derechos ciudadanos en busca de la democratización de la sociedad.

Los de la ciudad

La ciudad siempre ha representado el centro de una sociedad donde el conjunto de ideas y personajes la dotan de privilegios. Privilegios como la innovación, la producción, centros de conocimiento, la base de ideologías y la búsqueda de desarrollo. Es el lugar donde surge la identidad, dónde los individuos buscan satisfacer sus necesidades humanas, buscan ser, tener, hacer, además de entender y reconocer las relaciones sociales o su entorno vital.

La participación política de las ciudades se da de forma mucho más directa dada su cercanía con las “ideas recientes” del Estado, los habitantes en la ciudad se consideran mucho más letrados e informados, las noticias llegan muy rápido y con la misma rapidez se crea un juicio sobre ella y con ese juicio surge una forma de participación: una manifestación, un hashtag, una campaña, un voto de castigo, un voto, todo surge. Los “urbanos” tienen la facilidad de impactar con mayor fuerza al Estado dada su posición geográfica y su involucramiento con el sistema, la ciudad, al ser el choque entre lo diverso, crea conflictos de ideas y la necesidad de participación surge como un deseo humano nato. Los individuos se enfrentan como libres y autónomos al participar, la ciudad refleja lo caótico de vivir en sociedad y también hace un llamado a la función política. Aunque la ciudad sea, (por su posición histórica, alcances y servicios), capaz de transformar, involucrar, construir, comunicar, exigir y conocer, también resulta ser la zona de mayor conflicto por la aglomeración de ideas pero que sienta las bases de la resolución a las diferencias sociales. Aunque por su expansión, se ha provocado la confusión del espacio público, es decir el espacio en el que todo individuo es libre de transitar, participar y actuar, permite la expresión de la ciudadanía, pero si en la expansión continuamos sin saber cómo integrar y cómo hacer participar al sector rural, entonces no existe interactividad para la implicación de todos los ciudadanos en la búsqueda de la democracia. Por lo tanto, nace la falta de participación que limita el conocimiento, la cooperación y restringe los derechos ciudadanos.

La expansión de las ciudades deberá entender cómo desarrollar el arte del diálogo, el consenso y proporcionar espacios para el ejercicio de la discusión pública, pues mientras más colectivo sea un espacio más motivará la participación y por ende motivará la democracia.

¿Para qué y cómo participar?

Hemos intentado analizar las formas de participación en el ámbito rural y urbano que nos muestran la diversidad de una sociedad y la influencia en la vida política de los ciudadanos, entendiendo sus alcances y limitaciones; sin embargo, la pregunta se mantiene “¿Para qué participar? ¿Cómo?” “La participación política va más allá de una necesidad en los miembros de una sociedad, con ella no sólo se hace parte de su entorno, sino que se siente parte”.[1] A través de la participación se incide en la toma decisiones y con ello promueve un cambio. Ese es el fin. Buscar no sólo el impacto político sino el ciudadano. México cruza una época en la que la política se mueve de acuerdo al interés y poder de ciertos grupos, cuando el fin último del arte de gobernar debería ser el bienestar social. La política ha roto la cadena de confianza y fe del pueblo en tener un Estado legítimamente democrático, la participación se ha cerrado a una élite de personas del sistema que muchas veces no son del gobierno. Entonces, como ciudadanos debemos cumplir la función de observar y pensar. Comenzar a crear espacios de diálogo que permitan el dominio público y ofrecer movimientos inclusivos para la apropiación de derechos por parte de individuos diferentes, pero no ajenos entre sí. Promoviendo la expresión política y social para la integración de todos los ciudadanos en la aplicación de la democracia. En el siglo XXI en México nos toca entender la interdependencia de sectores, reconocernos todos como políticos para que, con suficiente moral, diálogo y propuestas lleguemos a acuerdos en busca del bien común y el desarrollo sostenible humano sea pionero del cambio.

Necesitamos que el puño arriba ya no sólo signifique silencio. La participación política es reconquistar la voz y los espacios para hacer al país nuestro. Seamos agentes de cambio, construyamos “un mundo donde quepan todos los mundos”,[2]  pues al final el cambio es de quien lo construye.

[1] Rafael de la Garza Talavera, “Usos y costumbres y participación política en México, democracia y participación política”, en Coordinación de Comunicación Social, Usos y costumbres y participación política en México, democracia y participación política, México, Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, 2016, p. 45.

[2] Ejército Zapatista de Liberación Nacional, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, EZLN: documentos y comunicados, 5 volúmenes, México, Ediciones Era, 1994, v. I, p. 115, 270.