Por Francisco Juan Barata Bausach

(Valencia, España)

Desde niño no volvía al lugar donde siempre pasábamos los veranos.

Pero ese día por asuntos de trabajo me acercaron a aquel bello lugar al que de siempre consideraba mi pueblo.

Dando un paseo entre recuerdos del pasado y construcciones del presente llegué al Hotel donde tantos veranos fantaseé. Antaño me parecía un palacio, pero verlo en su decrepitud actual… casi estaba en ruinas.

Sabía de la muerte de sus dueños, mi padre hace años me lo comentó. Era un enigmático, desde mi inocencia, matrimonio alemán. Decían las lenguas del pueblo, malas lenguas dicen algunos, pero lenguas, al fin y al cabo, que fueron nazis, y por aquel entonces yo ni sabía lo que significaba eso.

Al morir los propietarios que no tenían hijos, con la ayuda inestimable de la indolencia municipal no se aprovechó aquel edificio.

Ahora, reconozco que no se perdió demasiado. Su ruinosa arquitectura quería ser en su esplendor de un clasicismo trasnochado y decadente. Pero yo ahora, plantado delante del hotelito, ensoñaba las correrías por los pasillos con mi amigo Lito, hijo del farmacéutico, las persecuciones de Tomasita una de las doncellas escoba en mano al darse cuenta que intentábamos verle las bragas cuando fregaba arrodillada los largos pasillos del Hotel, y los chillidos histéricos de Fraulein Berta, cuando soltábamos una lagartija por el comedor.

Veranos mágicos para niños de ciudad, periodos estivales más tarde añorados por la ausencia de preocupaciones, gran virtud de la infancia.

Ajenos a los problemas de un país salido de una sangrienta guerra civil, donde la “senda del desarrollo” no se había empezado a desbrozar porque los franquistas habían eliminado a sangre y fuego, con un odio malévolo y sectario todo lo bueno que la República hizo, desperdiciando las mentes más brillantes de la intelectualidad española en todos los campos del saber, a unos encarcelándolos, a otros fusilándolos y los que pudieron salvarse partiendo para el doloroso destierro, llevándose a su España querida para siempre en el corazón.

Conservo como si lo estuviera viviendo en mi memoria la amargura de mi padre cuando aparecían por el Hotel una pareja de señores con gabardina, ¡en agosto! Venían cada quince días y se encerraban unos minutos con papá en el despacho del director. Yo vivía en otra galaxia muy lejana a la de mis padres, pero observaba la cara de mala hostia de papá cuando acababa la reunión. Por más que le preguntaba, siempre me decía lo mismo, que eran cosas de mayores.

Los que no ganaron la paz

Los que no ganaron la paz

Años más tarde, ya adulto o cuando uno piensa que lo es, me contó mi padre que durante la II República fue dirigente de la Derecha Regional Valenciana. Pese a su antagonismo al Frente Popular, mi padre nunca negó que era de derechas, no vio con buenos ojos lo que él llamaba, “Rebelión Fascista” y su postura siempre fue beligerante contra los franquistas, a los que tachaba delante de quien lo oyera de retrógrados militares violentos y sin cultura, él siempre decía que no eran en nada diferentes a los “chequistas” del partido comunista ni a los anarquistas violentos de la FAI.

Claro, después de la victoria fascista, bien visto no estuvo por el Régimen, que lo tenía fichado como “no simpatizante con el Alzamiento Nacional”. Esos señores con gabardina eran de la Policía Secreta y lo solían fiscalizar a menudo, librándose de la cárcel de puro milagro por sus contactos con la burguesía valenciana conservadora y con el clero.

Lo que marcó mi niñez en el último verano que pasamos allí, quizás acabando para siempre con ella, fue aquel día en que pronto esperaba amanecer. Estaba vistiéndome, íbamos a jugar al pantano Lito con otros amigos, oí motores y me extrañó a esa hora tan temprana Asomado a la ventana vi pasar un camión militar, escoltado por otro lleno de Guardias Civiles. En la caja del primer camión vi con estupor cadáveres amontonados. Eran jóvenes, algunos adolescentes, otros ancianos, incluso mujeres, entrelazados los cuerpos, salpicados sus rostros en sangre y componiendo un espectáculo macabro. Esas impresionantes imágenes, que me conmovieron pero que entonces no entendí, me asustaron.

Recordándolas, porque nunca me las quité de la mente, comprendí cuando fui adulto, por qué en nuestro país la verdadera paz tardó tanto en llegar. Cuando se acaba la guerra y se sigue matando por odio, es difícil llegar a cerrar las heridas abiertas.

En estas ruinas donde tanta niñez soñé, acabó mi etapa inocente, regresé de mi galaxia a la realidad, empezaba a pensar en adulto. Y eso no es bueno… nada bueno.