Para la mujer que lucha

Por Aracely Meza García

Me llamo Juan, tengo ocho años, vivo con mis papás, mis dos hermanas y mi abuela. Mi casa es la misma en la que vivió mi papá cuando tenía mi edad; es pequeña, son dos cuartos hechos con ladrillos y techo de láminas, en un cuarto dormimos todos, sólo hay tres camas de madera que mi papá construyó. En una mesa junto a la ventana está un radio y el folder de mi mamá con los papeles importantes, en la pared está colgada una imagen de la virgen de Guadalupe adornada con flores de plástico rojas, velas y una biblia, también hay una foto de mis papás cuando se casaron y en el altar de mi abuela hay fotos de muchas personas que yo no conozco e imágenes de santos para que siempre nos cuiden. Hay un mueble con la ropa de mi mamá, mis hermanas y la abuela, mi papá y yo tenemos que guardar la ropa en una bolsa negra, no es mucha, así que cabe muy bien. Saliendo del cuarto está la cocina hay una mesa y dos bancos, una cubeta llena de maíz que mi mamá muele todas las mañana en el metate, mucha leña para hacer la lumbre, un comal, ollas, una canasta con verduras y unas ramas de perejil colgadas en la pared.

Tenemos muchas gallinas, mi papá tiene un caballo que se ganó jugando cartas, también tengo un perro, “el negro” es muy bueno cuidándonos y siempre me acompaña cuando voy a los mandados.

Todos los días mi mamá me despierta a las siete, me da una taza de café y un pedazo de pan. Ella vende frutas en la plaza mientras mi papá trabaja en los cafetales. Yo me voy a la escuela con mis hermanas Laura y Ana, me gusta mucho ir a la escuela porque me enseñan muchas cosas, tengo una clase de maderería y algún día podré hacer muebles como los que hizo mi papá y lo ayudaré a juntar dinero para la casa porque las medicinas de la abuela son muy caras. Una vez mi papá tuvo que pedirle prestado trescientos pesos a Don Fidencio, pero no le pagó a tiempo y él le dijo a la policía que mi papá le había robado. Para que no fuera a la cárcel tuvo que darle los dos borregos de mi hermana Laura, esa noche ella no dejó de llorar y yo pude ver en los ojos de mi papá tristeza, pero me dijo que en el mundo siempre hay gente que toma el camino fácil y se aprovecha de los demás, es por eso que quiero crecer y ayudar a mi papá.

Aquí en Huatla hay muchas montañas, siempre hay niebla que lo cubre todo. Hay que tener cuidado o podemos resbalarnos con el lodo. Las casas aquí son todas iguales y están entre los cerros; están muy lejos unas de otras, pero cuando subes hasta arriba de la montaña puedes ver cómo todo se pinta de verde, se ven los techos de las casas, las curvas de la carretera, hasta puedes escuchar los sonidos del río grande y el cantar de los gallos, seguro que nunca verán un lugar tan bonito.

Como la escuela está cerca de la plaza siempre que salgo voy por mi mamá y mis hermanas van a cuidar a mi abuela. Me gusta mucho ir a la plaza porque la gente grande se reúne a tomar atole agrio, antes sólo se tomaba en día de muertos y las bodas, pero si tienen suerte doña Rufina aún tendrá un par de tazas, seguro nunca habían escuchado de ese atole. Para prepararlo primero tienen que remojar maíz por dos días, después se muele, se agrega agua, se cuela, se pone a hervir y finalmente se sirve con pipían y frijoles, es muy rico y siempre es bueno tomar una taza más si se acompaña con un tamal de frijol.

Ilustración: Héctor Mateo García

Ilustración: Héctor Mateo García

A las tres de la tarde voy a jugar fútbol con mi amigo José y con “la ardilla”, así le dicen, pero se llama Domingo. Siempre estoy con ellos después de la escuela, una vez me contaron la historia de Filiberto García que era hijo de Epifanio García el hombre más rico del pueblo, fue con un curandero que lo llevó al Sótano de San Agustín, son unas cuevas bien grandes y peligrosas muchos curanderos lo utilizan para hacer sus trabajos , hizo que Filiberto entrara desnudo con el corazón de un gallo y con la sangre de un caballo, era para que se volviera un hombre y pudiera cumplirle a su esposa pero no terminó el ritual, salió corriendo y se cayó. Tuvieron que sacarlo los policías. Ahora todos hablan de él, dicen que Don Epifanio lo mando a Teotitlán con sus tías y que su esposa lo dejó, se hubiera quedado como estaba, le hubiera ido mejor.

A las ocho sólo se pueden ver las luces de algunos postes de luz que aún sirven o los focos de las casas más cercanas, es peligroso andar sólo de noche y más si no son de por aquí, mi papá llega siempre a esa hora, mi mamá ya tiene todo listo para darle de cenar, hoy cenaremos chapulines, frijoles y tepejilote con huevo.

Los días aquí en Huatla se pasan muy rápidos, yo nunca he ido a otro pueblo, todo lo que tengo está aquí, mi familia y mis amigos son de aquí, tengo ocho años y aún me falta mucho por ver. Pero estoy seguro que nunca habrá un lugar tan bonito como mi pueblo, porque aunque es pequeño, hay gente con corazones grandes y con muchos sueños. No me quejo de la vida que llevo, porque tengo el cariño de mi familia y algún día yo podré seguir el ejemplo de mis papás y volverme un hombre para sacar adelante a mi propia familia.