Por Jessenia Chamorro Salas

(Santiago de Chile)

¿Que quién soy? Nadie. Como todos, me levanto 6 días de la semana a las 6 de la mañana después del sonido estrepitoso de un despertador que no fue comprado precisamente para eso, sino para comunicarme, para hablar, pero realmente eso no es lo que hago, ese maldito aparato, la creación tecnológica más moderna que ha “revolucionado” la realidad en los últimos 20 años, es el que me despierta todos los días, salvo los domingos, a las 6 de la mañana. El mismo aparato me acompaña en el letargo somnoliento donde la modorra y el cansancio no satisfecho totalmente tras 6 horas de sueño se me vuelve una pesada mochila en el tarro de conservas donde me transporto, junto a un millón de personas más que, como yo, han dormido hasta seis horas, despiertan a las seis de la mañana, y trabajan seis días a la semana (Todo suma 666 ¿coincidencia?) Es un aparato que me hace distraerme, mejor dicho, abstraerme de ese sofocante y oscuro túnel, iluminado por ese tren efectivo en su rapidez que se come mensualmente más dinero de mi billetera que mi propio perro. Música que me ayuda a llegar más despierto y despejado a laborar, a ese galpón acondicionado como fábrica que en verano irradia un quemante calor a través de las paredes y techo de latón, y en invierno hace que el frío se cuele hasta las entrañas.

Mi identidad está regida por mi currículum vitae, soy lo que hago durante la jornada laboral, pues es necesario para poder vivir, trabajar, el dinero no es como las manzanas ni la hierba, ¡pucha que han estado caras las manzanas! No crece en los árboles, ni sale de la tierra. Me decía mi padre, “hay que ponerle el hombro mijo, pa´ sacar a la familia adelante”, lo aprendí desde joven cuando tuve que empezar a trabajar, ese año en que iba a pasar a tercero medio, porque mi papá había sido asesinado, en octubre del 73. En esa época había que trabajar para comer, hoy trabajo para eso, pero también para comprarle el dichoso aparato a mis hijos, ese aparato que les sirve para despertar, escuchar música, guardar información, chatear, mandar correos, jugar, sacar fotos, etc., etc., etc. También trabajo para pagar la deuda que tengo, es que teníamos que darle regalos a toda la familia, mi esposa merecía esa chaqueta, se le ve tan bonita, la pobre no se compra nada en todo el año, mínimo que la regaloneé en navidad. Regalos a 12 cómodas cuotas. Sé que pagaré más de lo que hubiese pagado al contado, pero es que en ese momento no tenía toda esa plata, en cambio, pagar 29.990 mensualmente no es tan terrible. Aunque a ese monto debo sumarle la cuota del auto, ese cacharro me ha sacado más dinero que la educación de mis hijos. A ellos los tengo en un subvencionado, un técnico eso sí, pues prefiero que tengan una cartita bajo la manga si es que no pueden estudiar en la universidad. La cosa es que un tercio de mi sueldo se me va en deudas, así como un tercio de mi vida se me ha ido en trabajar.

Pero soy feliz, sí, pude pagar la casa, aunque la villa se ha puesto tan mala que he conversado con mi esposa y pensamos que es mejor que juntemos un poco de plata, vendamos la casa y nos vayamos a vivir a otra parte. Es que no es agradable caminar cuadras y cuadras porque las micros no pasan cerca, y cuando pasan, van llenas hasta las puertas. Tampoco es agradable bajarse en la noche, caminar a la casa, ver basura en las calles, perros vagos y enfermos, una que otra prostituta media borracha en alguna esquina, y, sobre todo, grupos de jóvenes, hombres y mujeres, consumiendo drogas en la plaza, mejor dicho, peladero, o como le gusta llamarlo al municipio “sitio eriazo”.

Pero estoy conforme con mi vida, aunque no pude estudiar lo que hubiese querido, no vivo en el barrio ni tengo la casa en donde hubiese deseado que crecieran mis hijos, una más grande, más bonita. Mi esposa y yo hemos hecho lo posible para salir adelante, para darles a los niños todo lo que nosotros no tuvimos, por eso no me importa gastar dinero en comprarles a cada uno un notebook, aunque uno de esos vale casi lo mismo que un mes completo de trabajo mío o de mi esposa. Es necesario para que aprendan, para que se distraigan, para que se abstraigan de todo eso que no les gusta. Yo creo que para eso inventaron las redes sociales, para que la gente, sobre todo los jóvenes, se alejen de la realidad en que viven, no creo que estén muy conformes. Me hubiera gustado tener Facebook cuando tenía 17 años y conversar tranquilamente con todos mis vecinos sin necesidad de salir de la casa, hubiese sido interesante con eso del “toque de queda”, hubiese hecho más soportable todo. Mis papás tenían Sábados Gigantes, yo tenía que conformarme con ir a tomar once donde mi vecino (casa en la que también estaban viendo ese programa) y venirme antes de que empezaran los noticieros. Mi esposa también, ella me ha dicho que le hubiese encantado tener Instagram y sacarse fotos, le creo, pues a fines de los ochenta, cuando la conocí, ella era realmente la más estupenda de todas, se vestía a la moda, con sus chaquetas de cuero y su estilo a lo Cindy Louper. Mi hija, que ha visto sus fotos de lola, dice que ella podría haber “marcado tendencias”. Lo del Twiter lo considero peligroso, no ahora, pero sí cuando yo era joven porque en dictadura un comentario de protesta hubiese sido mi pena de muerte, aunque me hubiese gustado, cuando en los noventa arrestaron a Pinochet en Londres, haber comentado en esa cosa de Twiter: “¡Las vas a pagar viejo CTM!”.

Los jóvenes tienen esa chance de expresar lo que sienten y piensan, mi generación no la tuvo, al menos no de esa manera, teníamos que hacer todo oculto y salir a las calles a que nos pegaran y mataran. Ahora las protestas son un derecho, aunque tampoco es que hayan cambiado demasiado las cosas, hace treinta, veinte, diez y hoy, trabajo lo mismo y, peor aún, gano lo mismo. Pero trabajo, además, para que podamos salir de vacaciones y distraernos, El Quisco es nuestra playa favorita, vamos todos los años, en enero, una semana completita, nos preparamos todo el año para eso con mi esposa, pues nos merecemos una semana de distracción y relajo, por una semana de felicidad vale la pena cuarenta y nueve semanas de trabajo, las otras dos semanas me las tomo, una en invierno y la otra en fiestas patrias, pues vamos al sur con la familia a ver a mis suegros. El campo es relajante y nos hace olvidar la rutina del metro, del colegio, del trabajo, de la casa… No me canso ni me quejo, es la vida, qué se le va a hacer, hay que ponerle el hombro mijo, es la realidad y hay que afrontarla lo mejor posible.

Soy, somos, números, números, números. En farmacias, en AFP, en la municipalidad, en el consultorio. Números andantes en un camino. Nos multiplicamos, nos dividen, sumamos, nos restan, nos potenciamos, nos fraccionan. Somos y siempre seremos sólo números miserables, solitarios, cuya única motivación es seguir una rutina que ni siquiera nos damos cuenta de cuán mecánica es. Números y engranajes. Somos sólo la proyección de una gran máquina donde somos piezas…

Y bueno, ¿qué quién soy? Nadie. Todos somos nadie, yo soy sólo un número en una larga lista de espera, espera de la felicidad que llega un día a la semana, y tres semanas al año. Espera de la compasión, de la igualdad, de la oportunidad. Una lista de espera donde mi nombre está esculpido bajo miles de otros nombres igual de desconocidos que el mío, y sobre otros miles de nombres tan anónimos como insignificantes en la totalidad de la lista.