Por Uriel Morán Alcántara

—¡Ándale sí, así le hacemos…, sí, bueno…, órale…, luego nos vemos! —y Ramón colgó el teléfono, sacó las llaves e ingresó en la pickup roja, todo ardía, era temprano y la temperatura rondaría en los 37 grados.

Encendió el aparato radiofónico y surgió de sus entrañas mecánicas el melancólico sonido del acordeón, luego surgió la voz del vocalista “Qué sería de mi vida si túú me dejaraaas, qué sería de mi vida…” comenzó a silbar la canción.

La camioneta pasaba las calles desiertas y el único sonido perceptible era el de las llantas contra el asfalto o el adoquín. Ni un alma se encontraba a la vista, pero Ramón volteaba a veces y veía muchos ojos por las cortinas apenas corridas, a veces eran temerosos, otros nerviosos, los menos con furia.

“…sin tus besos mi cielo,

no podría soportaaarlooo…”

Otros varios ojos miraban a Ramón, lo mismo que él los miraba a ellos. Recordó entonces la balacera de hace tres años, la del 2009, las ejecuciones de las que todos sabían pero de las que nadie hablaba, recordó cómo en el retén los militares lo bajaron porque pensaron que era sicario, pues tenía el mismo apellido que el jefe de la plaza.

—¡Órale hijo de tu pinche madre —el militar sacó su pistola, disparó al aire y se la colocó en la sien— dinos quién es tu jefe o te va a cargar la chingada!

En aquella ocasión uno de los militares encontró sus papeles del trabajo en la camioneta y lo dejaron ir.

Dos años después, de nuevo se hizo la balacera, pero en esa ocasión la vivió con mayor preocupación, pues estaba en su casa y no hallaba dónde meterse con su esposa y su recién nacido.

¿Qué habrá sido de su primo y su esposa? Sus vecinos dijeron que una tarde llegaron muchos hombres en una camioneta y los sacaron a empujones de su casa y desde entonces no se sabía nada de ellos. Ramón los buscó, preguntó por ellos en la policía, en los hospitales, hasta que recibió una llamada diciéndole que ya no los buscará, que se olvidará de ellos.

“…te amaré hasta la muerte

aunque me condenara.”

Estos tiempos en que tan poco se estima la vida y tantos faltan en sus hogares, su memoria era la vida que jamás podrán arrebatarnos —pensó— al tiempo que acarició la fotografía de su hija de 14 años, aunque, tendría ya 16, porque hacía dos años que se la habían arrebatado.

“cuando se apaga el fuego

se nos congela el alma.”

¿Qué le habría pasado a su niña? Ella que no le había hecho daño a nadie, que aún se divertía jugando con sus muñecas, pero a solas, porque sus amigas ya sólo se pintaban y algunas hasta buscaban novio. Apenas en su cumpleaños número 11, Jimena le había dicho a su padre que quería estudiar para ser doctora y él la abrazó y deseó que no siguiera creciendo, entonces ella se apartó de él y no miró que de su rostro resbalaban un par de lágrimas. Ahora no pasaba un día en que deseara que al llegar a su casa su hija estuviera sentada a la mesa con su esposa y su otro pequeño, lo recibiera con un beso, un abrazo y le preguntara por su día y Ramón por el de ella.

¿Qué había pasado con toda esa gente? Unos de las noticias de Saltillo, que les pasaban información de México, decían que por todo el país ya llevaban 28,000 muertos y muchos miles más de desaparecidos nomás de la guerra contra el narcotráfico, y Ramón se preguntaba cuántos habrían desparecido desde antes de esa perra guerra. De todos esos, cuántos habrían desparecido como su Jimena, cuántos habrían desparecido por el narcotráfico o por asaltantes, por violadores o por los políticos.

“…el día que tú me olvides

vas a partirme el alma.

Se me enchina hasta el cuerpo

nada más de pensaaarlo…”

Se preguntaba si, para que las cosas cambiaran, muchos más tenían que morir, si cada quien tenía que defenderse por sí solo o sola, si era necesario que cada quien tuviera que cargar con su muertito y al final todos tuvieran que juntar sus desapariciones, familiares o conocidos, resultaba un chiste cruel que en el norte del país, de donde se pensaba que el desierto tuviera tan poca vida, estuviera escaseando la vida misma. Incluso pensaba en que todos querían justicia, como si mater al violador de tantas niñas o mujeres, al sicario que desapareció a familias enteras sin el menor atisbo de remordimiento, si mater al político que encubrió todos esos crímenes fuera a resolver algo. De todos era conocido que la cárcel es más un lugar donde se sigue matando, los políticos o ricos que llegan a pisarla tienen un lugar especial, que la perros?

Ramos Arizpe - Héctor Mateo

Ramos Arizpe – Héctor Mateo

Si conociera a los que se llevaron a su niña, ¿qué haría corrupción abunda, donde siguen extorsionando, donde los jodidos siguen estando jodidos, ¿cómo alcanzar la justicia con esos del gatillo fácil, con los malditos políticos que encubren a esos? ¿Qué haría si los tuviera enfrente? ¿Qué haría si tuviera su vida en sus manos? ¿Qué le habrán hecho? —Por Dios que no la hayan tocado así —se mortificaba Ramón. Se limpió las lágrimas que no le dejaban ver. —¿Qué estarían haciendo todas esas miles de personas que ya tienen un desparecido?, ¿qué harían ellas y ellos?, ¿qué podríamos hacer todos con nuestras ausencias?, ¿dónde estarían? Que nos los devuelvan donde estén —pensó. ¿Qué sería lo primero que haría al tener a su Jimena, a su Jimenita de vuelta? Ir con ella a todos lados, amarla tanto, abrazarla…

“Por eso tengo miedo, que tú de mí

te vayas, el día que tú me olvides

vas a partirme el alma.”