Por Miguel Fernando Payán Ramírez

Lo vi aquella vez, como tantas veces lo había visto. Con paso triste y cansado, caminando sin rumbo (o quizás existe un rumbo, pero jamás llegaré a conocerlo). Lo vi de un lado a otro, zapatos gastados, sin calcetines, ropa vieja y raída apenas cubriéndolo, cabello desarreglado conviviendo con media calva brillante. ¿Cuál será su nombre? ¿Cuál será su historia? Probablemente nunca lo sepa. Lo vi como tantas veces, hurgando en la basura, bebiendo de los vasos de café que encontraba en ella, juntando entre sorbo y sorbo el alimento del día.

Y entonces sentí asco, asco de la sociedad que permite el hambre, que permite que un hombre vague sin rumbo, con la mirada perdida, subsistiendo de la basura; asco de las ciudades que se tragan a las personas y las escupen sin miramientos, sin pensar en sus necesidades, sin sanar sus heridas; asco de la gente que ve esa situación y no hace nada para remediarla; y entonces sentí asco por mí, que puedo comer todos los días, que tengo un techo sobre mi cabeza, que no sufro del frío, de la lluvia, de la miseria, que puedo darme el lujo de desperdiciar, y me odié y odié al mundo, y deseé poder hacer algo, deseé gritarle a la gente en la cara y hacerles ver que su indiferencia mata, que su apatía destruye. Luego no lo vi más. Me levanté, aún reflexivo, caminé a mi casa, degusté una maravillosa cena, dormí plácidamente en mi cama, y no volví a pensar en ello nunca más.